martes, 16 de febrero de 2021

¿Qué carnaval?

¿Cuál es ese novio misógino que quiero que vuelva? Ese que no me deja participar en sus asados a menos que sea haciendo la ensalada, lavando los platos y fumándome sus chistes sobre lo que dice que me falta o me sobra. Ese cuya voz potente y soberbia hace callar otras que de formas sólo excepcionales parecen merecer una cuota de participación en el no-diálogo. Ese a quien los demás sí escuchan cuando reclama por mis derechos, aunque lo haga (igual que la publicidad) cuando ya está todo el pescado vendido, cuando el reclamo es otro imán en la heladera. Porque, además, si lo dice él, entonces vale, entonces se aplaude ese discurso que es más contemporáneo con De Beauvoir que con Despentes. 


¿Qué carnaval quiero que vuelva? ¿Ese? ¿Posta? 


¿Ahora que tengo la posibilidad de aprovechar esta pausa impuesta para redefinir mis innegociables, lo que necesito y lo que sería saludable abandonar de una vez, me voy a pasar, en cambio, todo este tiempo añorando aquella idealización? ¿Puedo siquiera percibir que el sistema carnaval es un monumento al patriarcado y que la murga predominante sigue siendo una oda al macho?


Por otra parte, ¿por qué no puedo dar un cierre a esta dinámica de subyugación y auto-subyugación a la autoridad patriarcal (por no decir, directamente, “matar simbólicamente al padre o al macho”)? ¿Aún siento que es eso todo lo que merezco? 


Elijo, porque una ya es adulta y debe hacerse cargo, sostener ese statu quo que me oprime, me margina y se ríe de mí en mi propia cara, porque al igual que un "buen garche", o mejor dicho un buen paquete de servicios, me conmueve ese "buen tablado", ese lugar en el que me asumo como algo secundario o accesorio con tal de no dejar de ser bien “despeinada” por un coro predominantemente cis-masculino y en un contexto que sigue siendo de su clara dominancia. 


¿Qué digo despeinada?: directamente poseída, en ese paréntesis o caja de cristal que he construido dentro mi enunciado feminismo porque bajo el manto de la academia todavía descansa mi falta de voluntad para deconstruir en la práctica. Circula por las redes esta interrogante: “¿Qué cuesta más: deconstruir el amor romántico o dejar las harinas?”. No sé si reírme o llorar.


Me asumo menos, tal como me enseñaron. El padre carnaval dispone para su divertimento murguero unas normas claras, un sistema de castas y roles diferenciados según lo que simbolice la sonoridad o la estética visual de cada cuerpo, y yo acato. Me prohíben un determinado lugar porque no doy con el physique du rol. Más aún, me asignan espacios de creación invisibles, sospechosamente empearentados con los roles domésticos. Y me golpean la mesa en un intercambio de palabras para que nunca me olvide quién manda. Aún así, lloro su temporal ausencia en vez de elegir, de imponer, barajar y dar de nuevo. 


¡Ah, no, pero esperen! Allí hay una privilegiada que pudo ocupar ese cupo especial para alguien como yo. Una de esas mujeres excepcionales, concepto que parece emergido del siglo XIX. Debe cantar muy bien o debe ser amiga o novia, o… Y si está ahí, ocupando ese espacio, voy a exigirle infalibilidad, perfección. Los demás pueden hacer cualquier cagada, sólo me importa que ella permanentemente valide su merecimiento del puesto. Igual con esa migaja me alcanza, porque al menos me siento representada. ¡Y vaya representación la que me ha tocado! Las mujeres excepcionales, igual que en el siglo XIX. 


Pero sería injusto dejar a un lado la premisa mayor: la paridad suena fea. La paridad suena 50% femenina y la murga-murga es macho por definición. Así se ha formado nuestro gusto (¡qué casualidad!). A lo sumo puede sonar 10% femenina, un 30%, reventando. ¿Qué me importa qué connota eso? ¿Qué va a tener que ver el hecho de que nos aferremos a un esquema tan patriarcal con los abusos que cada vez más salen a la luz? No tiene nada que ver una cosa con la otra. Nada que ver alimentar el ego del macho y reivindicar su supremacía con eso de que alguno que otro entienda que a su disposición también está mi cuerpo servil. Nada que ver, meros abusos de la semiótica. 


¿O quizás alguito que ver? 


¿Quizás tenga miedo a enfrentar al macho y cantarle mis innegociables? ¿Quizás el hecho de que añore el carnaval, la murga y los tablados así, con todo lo que han sido hasta ayer, significa que todo este tiempo he estado gozando en el padecimiento de mi invisibilidad y que soy incapaz de pensarme de otra manera por no haber podido desarrollar, con fuerza suficiente, la idea de que mi voz vale lo mismo?


Pero, entonces, al final, ¿quién hace la renuncia? ¿Quién deja de ir al tablado? ¿Quién deja de formar parte de espectáculos con tanta predominancia masculina, ya sea como parte del elenco o del equipo técnico o incluso (puedo soñar) como espectadorx?


¿Quién renuncia al privilegio de ser el habilitado por defecto o la habilitada por excepción? ¿Quién, teniendo la posibilidad de participar o creyéndose capaz de tenerla, elige igual no pertenecer? ¿Quién elige promover y revalorizar, resignificar, re-seducir, con otro estilo, con una equidad por defecto que, de una vez por todas, suene a equidad y no a dominación masculina? ¡¿Quién carajo hace la renuncia después de llenarse la boca de feminismos y autodenominarse aliades?!


Tenemos un año de changüí. Podemos volver a la relación tóxica que tanto sabemos señalar en vivencias ajenas, o hacernos cargo y redefinir los innegociables. Es nuestra responsabilidad, como personas adultas, aprovechar esta pausa para elegir o bien transformar o perpetuar la dinámica. Eso sí, de optar por lo segundo, reconozcamos al menos de que estaremos reivindicando un paquete que, ya es evidente, está bien podrido.


Tomada de freepik.es


domingo, 11 de noviembre de 2018

Números y porcentajes contra el mito de la equidad de género en murga joven


Murga joven "La que entona el premolar"
Foto cortesía de Leandro Salandrú (@salandrule.raw)

Hace un tiempo escribí una reflexión acerca de algunos aspectos de los espectáculos que he visto en el Encuentro de Murga Joven en los últimos años. Me enfoqué en la forma de abordar el contenido de algunos discursos, como por ejemplo en aquella repetida frase: “la idea es no decir nada” y su contraste con la imposibilidad —o al, menos, el peligro— de generar un espectáculo vacío de ideología, “pop para divertirme”, como dice Micky Vainilla, el personaje de Capusotto.

Dije que cada chiste, aunque no intencionalmente, establece categorías o jerarquías en torno a lo humano: “Prejuicios que no pretenden ser derrumbados siguen haciéndonos reír a costa de la negación y de la violencia simbólica que eso conlleva. Estéticas que continúan representando nuestra incapacidad de reconocernos como iguales, aún en la zona de la diferencia de género (hombre-mujer), donde se supone que tanto hemos avanzado.” Sí, me acabo de citar para que no me acusen de autoplagio pero también para que lean el artículo.

Lo que intento hacer en esta oportunidad es conectar eso que muchas personas hemos pensado sobre el discurso, ni más ni menos que con su verdadero esqueleto: las personas que lo conforman, identificando las que verdaderamente producen discurso. Dar pie a reflexionar sobre cómo puede vincularse el contenido de lo que se dice con la forma en la que están integradas las murgas, y con el nivel de participación que pueden o no tener sus componentes en dicho contenido. Todo esto poniendo el foco en la cuestión de la representatividad de género; dicho llanamente, cuántos hombres y cuántas mujeres participan en los distintos roles y rubros.

Para esto, recibí una fuente de datos invalorable de la gente del programa de radio Que vuelva el Sporting, que desde hace años se encarga de difundir, voluntaria y diría también religiosamente, todo lo que está a su alcance acerca del Encuentro de Murga Joven. Se trata de las 52 fichas técnicas de las murgas que participan en el encuentro este 2018. Dado que las recibí en forma de fotos de las fichas impresas que entregó cada responsable al momento de la inscripción, cabe aclarar que esta especie de investigación es un piñazo en términos científicos. Los números los contabilicé a dedo, pero con mucha dedicación, completando un Excel que comparto con la esperanza de que cada murga los revise y haga las aclaraciones que entienda que corresponden.

Las fichas de inscripción al Encuentro de Murga Joven contienen los siguientes datos: nombre de la murga; textos; arreglos corales; dirección escénica; puesta en escena; vestuario; maquillaje, y una lista de componentes en escena aclarando su rol. No figuran iluminación ni escenografía, por lo que no pude analizar este dato. Claramente, tampoco dice qué grado de protagonismo o participación tuvo cada persona en su rol; queda para una investigación cualitativa, algún día.

Como la ficha no consulta el género, me tomé el atrevimiento de asociar nombre “de mujer” a la categoría de mujer y “nombre de hombre” a la categoría de hombre[1]. Así, relevé toda la información que aparece en las tres pestañas del excel que comparto aquí: “Datos básicos”, la información bruta que arrojan las fichas técnicas desagregada en las categorías hombre/mujer; “Otros datos y promedios”, donde calculé porcentajes de hombres y mujeres por rubros y anoté algún otro dato que puede pasar a curiosear, y “Resumen”, donde está lo que más nos interesa, a qué sí.

Pero, ¿por qué un análisis en términos binarios? Con el poco tiempo —e información disponible— que tenía para dedicarle, decidí acotarlo a esas dos enormes mayorías (hombre/mujer) que están aún muy lejos de relacionarse de forma equitativa, y alrededor de las cuales abundan hipótesis y prejuicios en el ambiente de murga joven. Sin dudas es solo un pie para seguir profundizando sobre otras cuestiones.

Una aclaración necesaria: estos datos refieren a roles dentro de la murga y no a personas concretas. Esto significa que en un espectáculo sus componentes pueden cambiar de roles y que, asimismo, por ejemplo, a una murga la puede maquillar un mismo equipo y, por tanto, este aparecerá representado en tantas murgas como haya participado. Básicamente y para no confundir: en la planilla hay más roles que personas.

Otra aclaración no menor es que cuando en la ficha de inscripción figuraba “trabajo colectivo” coloqué valor cero, de manera que obtener información detallada sobre quiénes participaron podría cambiar (levemente, porque hay pocos casos) los números.

Este es mi resumen, hecho a conciencia y con mi más ferviente ideología de género. Usted puede tomar la planilla para hacer el que más le plazca.


Con toda mi subjetividad, y sin pretender desalentar a mis amistades optimistas que se alegran de que haya un 30% de mujeres en murga joven, dejo estas conclusiones: la gran mayoría de lo que se dice (los textos del 73% de los espectáculos, 38 de los 52) fue escrita exclusivamente por hombres; y la gran mayoría de lo que suena en términos musicales/armónicos (los arreglos corales del 83% de las murgas, 43 de 52) fue definida exclusivamente por hombres. Me atrevo a decir que solo en el caso de 2 murgas de mujeres donde figura un trabajo colectivo se da el caso inverso (textos o arreglos exclusivamente hechos por mujeres).

A continuación, un solo de batería (de preguntas):

¿Qué nos dice que la voz de murga joven sea predominantemente “masculina”? ¿A qué puede deberse que la representatividad de la mujer en aspectos tan centrales para la construcción del discurso como los textos, los arreglos corales, la dirección escénica (85% hombres), o la puesta en escena (76% hombres) recaigan sobre un mismo género? ¿Y qué significa que los porcentajes se inviertan en rubros como el maquillaje y el vestuario? ¿En qué medida puede afectar el contenido de los espectáculos la predominancia tan clara de una voz por sobre otra? ¿Cómo nos posicionamos al hacer murga en esta realidad?

Me despido para pronto regresar, cantando un pedazo de bajada de La que entona el premolar 2018: “Y es también mi decisión / Si escuchar las nuevas voces / o encerrarme en mi tradición”.







[1] Quien sabe que no me identifico con ninguno de estos géneros, comprenderá que eso implicó una especie de renuncia por un bien mayor, que vendía a ser la equidad. De cualquier forma, la planilla está abierta, reitero, a todo tipo de aclaraciones, dentro de las que se incluye la pertenencia o no a alguno de estos géneros.


sábado, 22 de septiembre de 2018

La paridad en la Falta mostró lo que falta

La palabra —el habla— es la casa del ser. En su morada habita el hombre.
Carta de Heidegger a Jean Beaufret

El hecho de que la categoría de mujer esté inscrita dentro de la categoría “universal” de hombre, como se ha dicho ya desde la filosofía contemporánea y la filología, da cuenta de la inferioridad jerárquica que aquella ocupa dentro del mundo de las palabras y, con esto, de sus limitaciones para ser.
Es decir, la palabra, el lenguaje (lo extendería a lo simbólico en general) tiene la fuerza suficiente para definir los límites del ser. En efecto, uno de los argumentos para defender el lenguaje inclusivo[1] es que si la mujer no se nombra no existe.

"Los hombres dueños de la historia
los hombres dueños de los hombres
escriben páginas de gloria
y excluyen al hombre sin nombre"
(murga A contramano, 2008)

El hombre sin nombre


Cuando se originó la murga, como sucedió con cualquier expresión artística de que podamos tener registro, al menos en el mundo occidental, la mujer era concebida como apéndice, o incluso apendicitis, del hombre, coherente con una mentalidad que fluctuaba entre el machismo y la misoginia.

El ser murguista era reservado, en aquel entonces, de forma exclusiva para los hombres. La murga se conformaba por hombres, hablaba sobre los hombres y para los hombres, y promovía una relación de jerarquía en la que todo aquello que no era estrictamente hombre (...blanco, heterosexual) pasaba a ser un elemento accesorio, decorativo o humorístico. Paradójicamente, cuando se pretendía contemplar los intereses de quienes no respondían a esa categoría de hombre, se lo hacía dentro del universal masculino; “el Hombre”, “los hombres”.

Diría que, estadísticamente, el panorama todavía no ha sufrido grandes cambios, y esa lógica no es ajena a la que aún predomina en todo discurso en castellano.

Sin embargo, como es sabido, durante los últimos años se ha empezado a denunciar que hay pocas mujeres en las murgas, que hay pocas murgas que incluyan mujeres y que opera una suerte de veto hacia las murgas conformadas totalmente por mujeres.

"El discurso  no es apenas más que la reverberación de una verdad que nace ante sus propios ojos; y cuando todo puede finalmente tomar la forma del discurso, cuando todo puede decirse y cuando puede decirse el discurso a propósito de todo, es porque todas las cosas, habiendo manifestado e intercambiado sus sentidos, pueden volverse a la interioridad silenciosa de la conciencia de sí." (Foucault, 2015, pág. 49).

Recientemente se dio a conocer la noticia de que Falta y Resto, una murga que existe desde el año 1980 y que ha sido una de las más icónicas en la historia del carnaval uruguayo, no se presentará al concurso del Carnaval 2019 debido (según sostienen varios de sus miembros) al veto que ejerció uno de sus dos fundadores, para impedir que volviera a conformarse de manera paritaria[2] como lo hizo para el carnaval anterior.

Si bien desde mi punto de vista no habría que darle tanto reconocimiento a ese veto, ya que cada persona o grupo de personas es absolutamente responsable de las decisiones que toma por más veto o vicisitud que se le interponga, cierto es que las peripecias en que la murga Falta y Resto se embarcó durante y después del último carnaval uruguayo, toda la controversia generada en torno a la decisión de conformar el grupo de forma paritaria, deberían servirnos como insumo para pensar en qué situación ontológica se halla la mujer en la murga hoy: ¿vive la mujer como ser en la casa de la murga como palabra, o todavía la habita solo el hombre[3]?; si conviven, ¿lo hacen de forma igualitaria o aquí también la mujer es la única que lava los platos?

“El privilegio masculino no deja de ser una trampa y encuentra su contrapartida en la tensión y la contención permanentes, a veces llevadas al absurdo, que impone en cada hombre el deber de afirmar en cualquier circunstancia su virilidad” (Bourdieu, 2010, pág. 75).

“La murga es cosa de hombres, con alguna chiquilina... dos”, ironizaba Falta y Resto en su último espectáculo, haciendo autocrítica sobre nuestra histórica idiosincrasia machista[4] y posicionándose de manera activa en el medio de un proceso de transformación simbólica.
La conformación paritaria, otro porotito histórico que se apuntó la Falta, arrojó luz no solamente sobre el lugar que ha ocupado siempre la mujer (o, mejor, que no ha ocupado) en un sentido cuantitativo dentro del espectáculo de murga, sino también sobre la relación profunda que eso ha tenido con la aparente universalización de un gusto, único y específico, en el que coincide una posible mayoría[5] de las personas que escuchan murga, en relación a la sonoridad.

Con frecuencia se dice que la Falta perdió potencia, que suena más chillona, que ya no es la de antes. Y es verdad que ha cambiado; nunca antes tuvo una participación tan equitativa una mujer en murga excepto en conjuntos de mujeres, o haciendo de hombre como en viejas épocas[6].

No podemos sentir familiaridad con algo que nunca hemos visto ni escuchado antes; pero, en lugar de estancarnos en el “no me gusta”, deberíamos tomar esa incomodidad con pinzas porque nos está revelando nuestros propios prejuicios. Si no somos capaces de hacer esto, es que no hemos aprendido nada de la historia del arte.

La incomodidad nos está hablando, nos está invitando a pensar en esa batería de prejuicios que nos moldean el gusto y, con eso, en nuestra propia idiosincrasia.

La intención de esta nota no es hacer observaciones sobre el espectáculo 2018 de la murga Falta y Resto, sino reflexionar exclusivamente en torno a la controversia que ha generado la aparición del primer conjunto paritario en la historia de la murga uruguaya desde una perspectiva de género. Por eso, me limitaré a mencionar un elemento que observo de dicho espectáculo para ampliar la discusión: el posicionamiento de la murga desde el binomio hombre-mujer, sin comentarios sobre qué significa ser uno u otra, obviando el amplio espectro de expresiones de género que existe[7] y que últimamente ha tomado visibilidad gracias a los movimientos sociales y la teoría queer. Ese será quizás el próximo hito en la historia carnavalera.

Sin otro particular, con la certeza de que Falta y Resto ya no necesita el concurso de Carnaval para existir,

Atentos saludos.


Fotaza de Falta y Resto, cortesía de Agostina Vilardo
Instagram: @enfotogramasph_



Referencias
Foucault, M. (2015). El orden del discurso. Tusquets Editores, Argentina.
Heidegger, M. (1972). Carta sobre el humanismo. Ediciones Huascar, Argentina.
Bourdieu, P. (2010). La dominación masculina. Anagrama, Argentina.

Espectáculo 2008 de murga A contramano.
Espectáculo 2018 de murga Falta y Resto.



[1] Aclaración: el lenguaje inclusivo no implica necesariamente un cambio en ningún aspecto del lenguaje que aprendimos en la escuela; si usted está en contra del uso de la “x” o de la “e” como sustituto del universal masculino, pero desea visibilizar a la mujer a través del lenguaje, no dude en contactarme. Estoy trabajando en una guía para la escritura y la selección de imágenes inclusivas (sin alterar el lenguaje). No es magia, es la riqueza del léxico castellano y las posibilidades de la sintaxis.
[2] Misma cantidad de hombres que de mujeres.
[3] ¿Está claro que es un juego de palabras con el universal masculino que empleó el amigo Heidegger, hijo de su época?
[4] En algún momento, la murga es solo un ejemplo, hemos sido una sociedad machista que no se cuestionaba a sí misma en ese plano. Ahora somos una sociedad machista que a veces se lo cuestiona.
[5] Agradezco que si existe una estadística formal, me la hagan llegar.
[6] Que alguien me ilumine si me equivoco. De todos modos, sin pretender desviarme del tema, todo el enunciado, junto a nuestros prejuicios, se hallarían en jaque frente a la noción de lo transgénero. Pongamos, por ejemplo, el caso de un hombre trans que no ha recibido tratamiento hormonal. Es discriminatorio decir que tiene voz de mujer, porque desconoce su voluntad de ser, que es lo único que debería importarle a una sociedad verdaderamente inclusiva. O también se me ocurre el caso de la murga La Transpirada de Fray Bentos, conformada íntegramente por mujeres trans. ¿Qué dicen nuestros prejuicios sobre la sonoridad trans?
[7] Hecho que atribuyo desde mi optimismo a una negociación interna de la murga sobre qué podría decirse (y luego escucharse) y qué no en el contexto en el que se presentaría el espectáculo.

sábado, 22 de abril de 2017

6 reflexiones breves en torno a la pregunta: ¡¿Dónde está el triunfo?!

Directo desde las entrañas

¿Por qué se festeja la aprobación de una ley que nombra al femicidio? 



  1. Primero que nada, por eso, porque lo que no se nombra no existe. ¿Se acuerdan del “pienso, luego (entonces antes, no después) existo”? Viene por ahí la cosa, que después Foucault desarmó desde otro lugar. El saber se construye, y se construye desde (y hacia, me animo a decir) el lenguaje. Y existimos en torno a ese saber, de eso andá a liberarte. Entonces, nombrar la especificidad del caso, el agravante, es reconocerla. Es hacer que exista.
  2. Nos enseñaron a referirnos al ser humano como “el hombre”. ¿Dónde está la mujer ahí? ¿Desde cuándo existe la mujer como ser humano? esta pregunta va especialmente dirigida a las mujeres (que ahora existen, son nombradas y pueden nombrar) que rechazan el feminismo, más allá de las diferencias que puedo tener con éste.
  3. Tengo entendido que mucha gente se quejó de que se “celebrara” la aprobación de la ley. Al respecto: no, no se celebró el fin del patriarcado. Espero no estar sobreestimando a las personas celebrantes en cuestión, pero tiendo a creer que se aplaudió el hecho de que el saber institucional, el que más respetamos como los ciudadanos dóciles que somos, haya incorporado este concepto a su acervo, reconociendo así (vuelvo al punto 1) la existencia de motivaciones específicas, vinculadas a la construcción del género, para los referidos homicidios. Ahora existe. Oficialmente se lo puede pensar.
  4. No entiendo, o sí en realidad, pero mejor dejo lugar a la duda, por qué tanta gente insiste en poner trabas a cualquier intento de reconocimiento de los derechos humanos, o, mejor dicho, de reconocimiento a determinadas personas como seres humanos y la correspondiente asignación de sus derechos. ¿No se dan cuenta de que pierden el mismo tiempo criticando a quienes “pierden el tiempo” reivindicando derechos? ¡Cuánto podrían estar aportando al mundo y sin embargo prefieren ser quienes ponen el palo en la rueda!
  5. Se ha dicho, también, que los derechos humanos “son un asunto de izquierda”. ¡Por favor! ¿Desde cuándo a la izquierda priorizó, por ejemplo, la cuestión de género? Siempre predominaron quienes decían “dedicate vos a los derechos de las mujeres, que sos más sensible, y mientras tanto yo decido el rumbo del país”. Me atrevo a decir, en base a experiencias propias y cercanas, que esto todavía es así en los sectores más “de izquierda” de nuestro país. Los derechos humanos pertenecen a los seres humanos, independientemente del sistema económico que prefieran. Sí es cierto que el capitalismo se construye sobre el binarismo de género, y que actualmente nos hallamos en la cúspide de la industrialización en base al binomio, pero eso no significa que a “la izquierda” realmente le importen los derechos humanos por el mero hecho de ser “izquierda”, ni tampoco que sea, por llamarse así, anti-neoliberalista, como ha quedado bien demostrado.
  6. Nosotros mismos somos y reproducimos constantemente el sistema. Cada vez que pensemos en lo mal que estamos, recordemos lo mal que nos hacemos. Es difícil ir en la dirección contraria, porque somos desde antes de nacer, pero se valora el esfuerzo, que, por cierto, sería un buen sustituto de la crítica destructiva.


miércoles, 1 de febrero de 2017

Todo sobre mi teta

Vamos a historizar un poco.

Partamos de la premisa, bastante extendida, de que la mujer fue hecha para planchar la ropa

Según esto, desde su “origen” hace cientos de miles de años o varios millones en función del criterio, hasta las primeras versiones conocidas de la plancha que habrían aparecido en el siglo IV, la mujer se habría limitado a esperar a que llegara el gran día de materlializar su sentido en el mundo. Por eso hoy la vemos tan feliz en las publicidades del día de la madre, abrazada a los electrodomésticos como si fueran el uno para la otra. Todo cierra.

Convengamos que la premisa inicial puesta en perspectiva hace, al menos, algo de ruido. 

Y sin embargo, la retórica, la lógica…

Pongamos por caso el siguiente silogismo:

Premisa mayor: Todos los elefantes son verdes.
Premisa menor: Esto es un elefante.
Conclusión: Este elefante es verde.

Genera ilusión de verdad, pero no asegura verdad. El elefante puede ser amarillo, pero el silogismo tiene validez de todos modos. Basta con partir de una premisa falsa. Cabe aclarar que esto de los silogismos está en los programas de bachillerato. 

Estamos lejos de despertar de esa primavera descompuesta.

Así nos ilusionan los políticos, con una retórica sin esmero, y es en cierta medida a esto que se refieren los intelectuales cuando cuestionan la validez de nuestra democracia, al sostener que es manufacturada

Reconozcamos que vivimos casi exclusivamente a través de estos silogismos falaces. Hagamos la prueba, tomemos la conclusión, la “verdad”, y vayamos hacia atrás en la deducción: 

Conclusión: La mujer no debe mostrar las tetas en público.
Premisa menor: Los genitales no deben mostrarse en público.
Premisa mayor: La teta de la mujer es un genital.

Lógico, pero falso. La premisa de que la teta es un genital puede llegar a justificar la conclusión, aunque es en sí una falacia. 

¿Por qué aceptamos como verdad esa premisa? ¿Por qué validamos que se construya nuestro imaginario sobre una premisa falsa? La causa es multifactorial, y esta cualidad hace que, entre una cosa y la otra, entre un trabajo precarizado, redes sociales, netflix, televisión, ir de compras, elegir el mejor precio, sacar las cuentas para llegar a fin de mes y dormir, no podamos ponernos a pensar y terminemos contentándonos con premisas falaces que al menos no nos roban tanto tiempo. 

Así que, para ahorrarles algo de ese preciado (¿al final, preciado para quién?) tiempo que tenemos, dejaré planteadas algunas cuestiones. 

La primera tiene que ver con la aceptación de lo que vagamente se identifica con el término heteropatriarcado. No, no voy a ahondar en eso, sé que usted lee esa palabra y ya siente que perdió el tiempo. La dejo ahí en el aire y paso a otra reflexión.

La teta de la mujer no es un genital, pero, en la construcción de un imaginario sobre las relaciones sexuales, al menos en el mundo occidental, la teta sí fue, ¡y está siendo permanentemente!, sexualizada. La teta de la mujer, que cumplía una función (la que conocemos, de alimento) en la reproducción de la especie, fue precipitada hacia el sexo bajo la premisa de su funcionalidad, aunque erróneamente entendida, en aquel otro terreno (sí, los humanos como pocos animales distinguimos actividad reproductiva de relaciones sexuales, es buena hora de que lo sepamos todos). La teta de la mujer fue consagrándose como símbolo de lo femenino, en tanto objeto sexual, en tanto objeto de deseo, en tanto, lisa y llanamente, objeto. Pasivo. Al que se le hace algo (se le hace gozar, se le hace ocultarse, se le hace cumplir una función y bajo ciertas condiciones). 

La teta de la mujer es sinécdoque de lo femenino. 

¿Qué pasa durante una relación sexual? Para la mujer lo antedicho no es necesariamente un problema a los efectos de mantener relaciones sexuales (hay atenuantes para todo, claro). Pero no está instalado en el imaginario que a la mujer le incomode que su compañía sexual juegue con sus tetas, las seduzca, las acaricie, las lama y/o las muerda. Su identidad de género no se ve violentada siempre que esté conforme con su asociación a lo femenino, porque el hecho implica reconocerse como mujer. El hombre, en cambio, no tiene de antemano esa ventaja. Hay algunos juegos que están reservados exclusivamente para el cuerpo femenino. El hombre autoconcebido como tradicional mantiene, al menos desde el discurso, en veto permanente algunos terrenos, y estos terrenos son aquellos, precisamente, que lo colocarían en el lugar que tenemos reservado para lo femenino, el lugar del objeto, el lugar de la entidad pasiva que “recibe” el placer que se le “da”. 

Estadísticas y libros al respecto ya abundan, aunque no vendría mal experimentar un rato con nuestra propia imaginación, en una actividad bastante trillada pero que todavía funciona. Pensemos en una relación sexual heterosexual, y cambiemos los roles por un segundo. Todo lo que imaginábamos que provenía del hombre, incluyendo  movimientos, gestos, sonidos, ahora lo pone en práctica la mujer, y viceversa. ¿Por qué se siente raro? ¿No será que la mujer toma cierto lugar de poder al pasar a un rol más activo, y el hombre pierde con eso algo de esa masculinidad al ser entendida ésta por contraposición a lo femenino-objeto? ¿No nos parece que es el hombre quien ve más vulnerada su identidad de género al cambiar los roles? ¿Por qué será?  El hombre como mujer, qué ridículo queda, y la mujer jugando a ser hombre, qué tierna y qué audaz se la ve.

Por otra parte, si la cuestión de cubrir la teta es evitar lo pornográfico, cubrirla en parte nos llevaría entonces al terreno de lo erótico. Estaríamos erotizando (¿no es eso lo que estamos haciendo?) permanentemente la teta de la mujer y lo reforzaríamos con la apología del consumo de prendas para cubrir parte de ellas, a lo que me referiré más adelante. Lo erótico, de ese modo, confirmaría y prorrogaría la posibilidad de lo pornográfico.

Imaginemos un hombre de corpiño, como lo hemos visto caricaturizado estos días en las redes sociales. El chiste funciona porque no estamos en condiciones de erotizar la teta masculina, porque el placer masculino es en sí un tabú. La teta del hombre no nos remite a lo pornográfico cuando está descubierta, pero cuando está parcialmente cubierta nos genera risa. 

Des-sexualizar la teta femenina implica pensar un poco en lo aparentemente asexuado de lo masculino. Aparente, porque el hombre también recibe estímulos a través de sus tetas. En general, los y las valientes que se desprenden de algunos prejuicios pueden permitirse algunos placeres reservados exclusivamente para quienes rompen algunas estructuras mentales. 

Entonces, ¿hay que des-sexualizar la teta? Quizás no sea necesario más que llevarla a un plano libre de estereotipos y prejuicios, donde están las tan sexualizadas manos, boca, orejas, cuello, tobillos, y podría seguir con toda parte del cuerpo que a pesar de intervenir en el acto sexual se pueda mostrar en público. Pero eso dará más trabajo que el que dio conseguir el voto femenino. Porque al final todo se reduce a la cuestión del poder. 

Así como hasta avanzado el siglo XX todavía se negaba el voto femenino porque implicaba reconocer que la mujer tenía tanto derecho y capacidad como el hombre a decidir sobre el rumbo de su sociedad, equiparar la teta "femenina" a la "masculina", sacarla del terreno de lo genital, implicaría reconocer que ambas pueden ser fuente de placer en una relación sexual como cualquier otra parte del cuerpo. Implicaría reconocer, también, que lo cultural niega el instinto, que de haber una asociación instinto-hombre-teta de mujer como símbolo de lo femenino-objeto-función reproductiva, dicha asociación no sería más que una excusa para negar la des-objetivación de la mujer, y así vetar eternamente la migración de nuestra sociedad desde el paradigma falso del poder-objeto a un poder-relación. 

La explicación que suele darse para esta aversión al cambio de mentalidad tiende a ser que para que una mujer gane poder, alguien debería perderlo, y cuando el hombre saca esas cuentas, los números no parecerían ir a su favor. Volvamos a lo que dije antes: todavía entendemos el poder como una especie de bien material que podemos poseer. Allí podría estar uno de los cambios más necesarios. 

¿Y por qué no solamente el hombre se ofende con algunos reclamos de igualdad? ¿Por qué hay, incluso, mujeres reaccionarias y hombres afines a romper la estructura? Cuando hablamos de construcción del género, hablamos de una misma para todos, de una norma que nos enseñan por igual (esto es equiparable a lo que en su momento justificaba la esclavitud, pero no me extenderé en esta comparación). Más allá del género y la pertenencia étnica, nos asumimos en el lugar de poder o en el lugar de vulnerabilidad según las mismas estructuras mentales, las mismas lógicas, los mismos esquemas. 

El imaginario es compartido. Y el miedo es compartido. 

La noción de que es funcional la industrialización es compartida. La objetivación de la mujer es compartida. La suma de ambas que da como resultado un bikini made in algún lugar de Asia bajo condiciones que no cuestionamos para cubrir el pezón de la mujer es compartida. 

Quienes tienen una actitud crítica, sean hombres, mujeres, o personas no binarias, critican el heteropatriarcado (ya no lo nombraré más), reconocen la funcionalidad de la estructura y no la aceptan pasivamente sino que la piensan desde y hacia sí misma. 

Pienso contra la estructura, no contra el otro de mi estructura. 

Lo más paradójico quizás sea que la negación a llevar al hombre y a la mujer a niveles más igualitarios, nos mantiene perpetuando un caldo de cultivo que tanto habilita el piropo callejero al que “no deberíamos darle importancia”, como un asesinato a plena luz del día. Más que paradójico, triste. Todavía no somos capaces de ver las sutilezas que hacen el contexto propicio para lo trágico, ni la violencia en lo que a simple vista parece ser inofensivo. 

El problema de fondo, el núcleo duro que sería necesario romper, es el viejo y querido sistema. Es el camino que tomamos, la industrialización excesiva, la pérdida del sentido de la vida, la centralización y el descuido de lo local por una globalidad que nos uniformiza y nos arrastra con ello a formas discretas de fascismo, la funcionalidad a cualquier cosa menos a nosotros mismos, el despilfarro de los recursos finitos, la precarización laboral que sirve a propósitos ajenos que en el fondo nos son ajenos a todo lo humano (o nos son demasiado propios). 

Si un día deconstruimos el asunto de la teta de mujer, que nos tiene como locos con sobradas razones, ese día habrán caído otras mentiras que lo sostienen. Eso será doloroso, pero la libertad se ha dicho ya que duele bastante. 

Seguiremos hasta entonces soportando el miedo a ese dolor, funcionales a la disfuncionalidad, caminando sobre premisas falsas en el sentido contrario a los universales. 

Foto: Vivi Berrogorry



domingo, 27 de noviembre de 2016

Algunas consideraciones sobre la nada y lo humano en murga joven

Quisiera que la nota fuera comprendida tanto por quienes han transitado o transitan por la experiencia de murga joven como por personas que no estén familiarizadas con esta expresión artística. Pero la síntesis de lo que considero central para describir el contexto de estos discursos me resultó tremendamente aburrida. Por eso, esta vez, el contexto está al final. Sepan entender-scrollear.


¿Se puede escapar del significado?


Hay murgas que pretenden no significar; lo dicen abiertamente quienes participan en sus procesos creativos: “La idea es no decir nada”. Incluso hay espectadores, algunos bastante formados, que, cansados de ver tanto intento frustrado de significación, tanto ensayo mal resuelto de “decir algo”, aplauden esta premisa de no decir nada. Eso es, al menos, inocente. Pero antes de que me pregunten quién soy yo para sostener algo así, prefiero citar a Roland Barthes (“estúpido y sensual Barthes”, como dice un amigo) que ya en la década del setenta, en El grado cero de la escritura, decía a propósito:

“Entonces, no pasa nada. No obstante, es necesario decir esa nada. ¿Cómo decir: nada? Nos encontramos delante de una gran paradoja de escritura: nada solo puede decirse nada; nada es tal vez el único vocablo de la lengua que no admite ninguna perífrasis, ninguna metáfora, ningún sinónimo, ningún sustituto, pues decir nada por su solo puro y detonante (la palabra “nada”) es al instante llenar la nada, desmentirla: como Orfeo que pierde a Eurídice volviéndose hacia ella, nada pierde un poco de su sentido cada vez que se la enuncia (que se la de-nuncia). Por lo tanto es necesario hacer trampa.” (pág. 164). [1]

No solamente no hay discurso que no signifique, sino que no hay discurso que no contenga una ideología[2]. Con esto no quiero decir que no sea posible intentar una estructura “vacía”, sino que, cuando se dé el caso, el espectador completará ese hueco con su propia cosmovisión. Y eso es un peligro. Contamos un chiste porque da gracia, sin pretender adjudicarle ningún significado, y terminamos hiriendo directamente, e indirectamente consintiendo la violencia simbólica hacia el objeto de nuestra broma. Es un mero ejemplo, quizás de los más comunes, para ilustrar lo que intento decir[3]. Al final no podremos evitar, por así decirlo, que nos salga la ideología por la culata. De manera que (y esto ojalá sirviera como alerta) el espectáculo que creamos, aún cuando no queramos decir nada, o cuando no queramos ser “profundos”, va a contener tarde o temprano una visión del mundo, un punto de vista.

¿Cuál es el riesgo, entonces, de tomarse a la ligera el proceso de construcción de nuestro discurso? Primero, que con seguridad tendremos doble trabajo para lograr la coherencia interna del espectáculo, y además es probable que terminemos “no diciendo nada”. Podrán preguntarme ¿qué tal si esta es la idea?, a lo que responderé ¡¿leyeron los párrafos anteriores?! y añadiré: lo más probable es que surjan interpretaciones contradictorias con nuestros puntos de vista sobre los temas que abordemos en el espectáculo, aunque por gusto lo hagamos de forma superficial. Cuando no nos toque espectadores (como quien escribe[4]) que sobre-interpreten lo que directamente no había sido pensado para ser interpretado. Todo esto lo digo intentando no dirigirme hacia la zona de la responsabilidad ética de quien crea una obra artística, donde hallaríamos argumentos aún más radicales para esta premisa.

Aquí es donde puede surgir una nueva pregunta: ¿no es posible que a pesar de mi esfuerzo el discurso sea “malinterpretado”? Lo expreso entre comillas precisamente porque, en un enfoque de obra abierta[5], la idea de malinterpretar no tendría sentido, ya que la obra se completaría con las significaciones adjudicadas por el receptor (en una especie de lector-autor). Sin embargo, quienes estudiamos los textos sabemos que un discurso sin grandes fisuras, sin contradicciones, con una ideología configurada de antemano, tiene más posibilidades de transmitir la cosmovisión de su autor y es, asimismo, menor el riesgo de que a la pieza le quepa cualquier ideología. Valga también esta otra aclaración: no hablamos de discursos simples o discursos complejos, no me refiero a que la intención de quienes construyen espectáculos de murga joven debiera ser generar discursos que pudieran entenderse únicamente después de haber sido vistos un par de veces, ni habiendo leído muchos libros; ni a que no puedan hablar de banalidades o hacerlo con lenguaje llano, o buscar la risa fácil, y un eterno etcétera; todo esto no contradice la idea de generar un espectáculo consciente de su alcance y responsable de sus significaciones.

¿Define la murga joven una categoría para lo humano?


La pregunta puede resultar descabellada o muy rebuscada, pero es lo que está en juego verdaderamente. Advierto que no vi la manera de explicarlo sin ejemplos, por lo que a continuación describiré espectáculos que he visto. Sobre esto, antes quisiera aclarar que lo hago con el mayor respeto posible, entendiendo que no es “maldad” sino falta de elaboración conceptual y de contacto con determinadas realidades lo que motiva a una murga a entrar en ciertos terrenos. Por eso me tomo el trabajo de escribir sobre el asunto, buscando darle un poco de visibilidad.

Tardé mucho tiempo en detectar qué era lo que me angustiaba de algunos chistes que pululaban (y hasta ahora vemos) en Carnaval y Murga Joven. Siempre me costó darles explicación a determinados motivos de risa. Fue con algunas lecturas teóricas (y el ingrediente secreto) que pude empezar a comprender que aquello se vinculaba con una incapacidad generalizada de ver algunas cosas. Por ejemplo, de ver lo humano en “el puto” y “el travesti”[6], que son las figuras que más sobreviven en los chistes de carnaval, pero también de “el negro” y “la mujer” (sí, todavía, aunque estos últimos de forma ya mucho más sutil).

La filósofa Judith Butler ha reflexionado mucho sobre los límites de lo humano, partiendo desde el lugar de la propia vivencia de la negación de su humanidad, y creo que en ese sentido podría ser fructífero compartir un pasaje de uno de sus libros, porque resulta bastante ilustrativo de cómo sienten quienes están forzosamente colocados del otro lado de lo humano, o más allá de lo que las normas definen como lo humano:

Darse cuenta de que se es fundamentalmente ininteligible (que incluso las leyes de la cultura y del lenguaje te estimen como una imposibilidad) es darse cuenta de que todavía no se ha logrado el acceso a lo humano, sorprenderse a uno mismo hablando solo y siempre como si fuera humano, pero con la sensación de que no se es humano; darse cuenta de que el lenguaje de uno está vacío, que no te llega ningún reconocimiento porque las normas por las cuales se concede el reconocimiento no están a tu favor” (pág. 53).

Tanto en Murga Joven como en Carnaval, esto se da de forma sistemática. No, no es que pensemos conscientemente que los seres reales que están representados en las bromas no sean humanos. Pero sí que hay un punto en el que nos permitimos jugar con su inexistencia simbólica, con su habitar fuera de la norma, para poder bromear con ellos. Necesitamos que los sujetos reales que representamos con el objetivo de hacer reír desaparezcan por un rato, quedarnos solamente con su significado a-normal. De otro modo, no es gracioso. Y es allí donde aunque sea por un momento los estamos negando, invisibilizando. Sin pretender entreverar más el asunto, me conformaré con decir que esta invisibilización es un acto violento hacia seres que en el momento del chiste (y para que el chiste sea un chiste) tienen suspendida su condición de ser humano.

Uno de los espectáculos que vi este año en murga joven me permitió conectar esta idea con un ejemplo concreto. El mensaje que explícitamente daba hacia el final del espectáculo consistía, justamente, en una invitación a la re-ampliación de lo humano en el mismo sentido al que me referí antes. Proponía devolverles el carácter de humano específicamente a las personas pobres (desde un punto de vista económico o de clases). "Ya te acostumbraste al paisaje natural donde la pobreza y la miseria es lo habitual", nos decían. Me pareció muy atinado y coincido plenamente con esa lectura. Comparto que cada vez más se des-humanizan determinadas personas y creo firmemente que la finalidad última de esa práctiaca es quitarnos responsabilidad, culpa, y trabajo (porque si fueran derechos humanos, de humanos tan humanos, tendríamos que hacer algo al respecto). Pero es paradójico que justamente esa murga se haya permitido bromear antes, durante segundos que para mí fueron una eternidad, acerca de "los travestis", y de buscar la risa fundamentando el uso de ese término ante la prohibición del director de decir "pija", para terminar concluyendo que lo mejor del lugar de origen de la murga en realidad son "las dominicanas". Siento mucho verdaderamente si esto fue en el fondo un intento de denuncia, si bajo la aparente broma había un sarcasmo que buscaba hacernos ver nuestra pobreza de espíritu, porque en tal caso mi lectura fue incorrecta, y ahí volvería a los párrafos del riesgo de no ser preciso con lo que se dice, enfatizando el peligro de hacerlo cuando tocamos temas tan delicados. Pero según la interpretación que le di yo (nadie de los que estaba allí conmigo en el momento interpretó lo contrario) habrían caído, seguramente sin darse cuenta, en lo que pocos minutos después iban a denunciar. ¿”Travesti” es una categoría ajena a lo humano? Ese es el mensaje que me queda grabado a mí conscientemente, y al público en general inconscientemente. Y es el mensaje que el jurado aprobó al hacerlos pasar a la siguiente etapa del Encuentro.

Otro caso que me parece representativo, si bien implica moverse un poco de terreno, es el de la murga de hombres que un día decide incorporar una mujer (sí, estamos en los años 60). Esto que voy a expresar lo digo con independencia de mi gusto personal de sonoridad del coro (hablo de gusto y no de valoración, que son dos cuestiones distintas). ¿Por qué esa mujer tiene que vestirse de mujer cuando el resto no está vestido de hombre sino de murguista? Si la idea era incorporar una mujer específicamente, por alguna clase de autoimposición del cupo o por aplicar una medida afirmativa, quizás hubiese sido mejor vestir al resto de hombre. Porque lo que se lee es que la mujer puede llegar a integrar el coro pero nunca a ser murguista, y eso no sé en qué medida a alguien le puede parecer una medida afirmativa de algo que no sea el statu quo. Si, por el contrario, lo que movió en realidad a la murga a incorporar una mujer fue el hecho de haber hallado una actriz muy buena que sería ideal para el papel que necesitaban (no lo dudo porque he visto antes a esa actriz y creo que es realmente buena), podrían haber confiado en que iba a poder actuar de murguista, tanto como de mujer, porque eso hacen los buenos actores. Y acá ya pasamos quizás de la categoría de “lo humano” a la categoría de “lo murguista”, si puedo ser burda, pero que en el fondo genera una vivencia bastante similar.

Ejemplos abundan. Prejuicios que no pretenden ser derrumbados siguen haciéndonos reír a costa de la negación y de la violencia simbólica que eso conlleva. Estéticas que continúan representando nuestra incapacidad de reconocernos como iguales, aún en la zona de la diferencia de género (hombre-mujer), donde se supone que tanto hemos avanzado. Cómo nos vestimos, qué decimos y cuál es la voz (¿se convierten las voces de una murga mixta en la voz de un hombre cuando el coro canta “necesito una mujer que no tome pastillas” para tener un hijo?) son aspectos que, a mi criterio, se toman demasiado a la ligera. No estamos pensando lo suficiente en lo que decimos, ni en lo que connota la forma de lo que decimos, ni considerando lo que estamos diciendo incluso cuando nos proponemos no decir nada.

Por supuesto que hay grados y que no pongo todo en una misma bolsa como espectadora, porque de lo contrario no podría disfrutar ningún espectáculo, e incluso no podría hacer nada ante la posibilidad de caer en lo que estoy criticando[7]. Claro que veo la diferencia entre el cuplé de un mecánico que descubre que travistiéndose y dedicándose a la prostitución resuelve sus problemas económicos pasando a tener una vida mejor, y el chiste de un verso de duración que pone a las “lesbianas en general” como sospechosas de haber alterado unos chorizos (bajo el prejuicio trillado de que las lesbianas son terroristas del falo). El primer caso me genera impotencia, mientras que el segundo, al principio me causa gracia porque pienso que son conscientes de que es un prejuicio y luego termino explicándoles todo esto, por si acaso, no para que no hagan más el chiste sino para que transiten por el espectáculo (y, por qué no, por la vida misma) siendo un poco más desprejuiciados.
No quisiera que mi focalización en el género por ser donde he estado centrando mis últimas lecturas diera la pauta de que es solamente allí que sucede lo que intenté transmitir. Es cuestión de ponerse a ver. Hay una infinidad de ejemplos referidos a otros criterios que rigen la categorización de lo humano; sí, en los discursos de murga joven.

Ahora, el contexto


Uno de los aspectos más sustantivos del Encuentro de Murga Joven es el aporte a la protección del patrimonio cultural uruguayo. La murga (también la “marcha camión” y el “candombeado” de batería de murga y la murga-canción) es patrimonio cultural inmaterial de nuestro país[8]. No quiero sugerir con esto deba ser entendida como algo inmutable. El Encuentro de Murga Joven tiene la cualidad de valorar la convergencia de propuestas que van desde la recuperación de la murga en sus formas más clásicas a la ruptura desde un posicionamiento metadiscursivo, heterogeneidad que me resulta muy saludable y que, más allá de las diversas inclinaciones que podamos encontrar en el jurado de cada año, afortunadamente suele verse con buenos ojos[9]. De cualquier modo, la apropiación del género murga es evidente aún en los espectáculos que pueden entenderse como más “deconstructivos”: por lo general, mantienen el coro y la batería y dialogan con la secuencia presentación-introducción-salpicón-cuplé(s)-canción final-retirada-bajada, muchas veces desde la parodia o desde la sátira, exagerando, omitiendo o reordenando dicha secuencia.

Al mismo tiempo, el Encuentro es pluralista, o se supone que lo es, como el resto de la sociedad uruguaya (ja, ja). Lo cierto es que parece querer integrar a las mujeres (es en este Encuentro donde más se han incorporado lo que conocemos como “murgas mixtas”, “murgas de mujeres”, “murgas con mujeres” y todas las variaciones posibles de la admisión de las mujeres, valga la redundancia, en comparación con murgas de Carnaval, donde la mujer aparece en menor número); a las personas con discapacidad (si bien, lo más frecuente en este caso es la participación de murgas integradas en su mayoría por personas con discapacidad, extrapolable a las “murgas de mujeres”, que a veces incluyen hombres); a los y las afrodescendientes, inmigrantes, practicantes de todo tipo de religión, gays, lesbianas, y (si bien no sé si se ha dado el caso) transexuales e intersexuales; todo lo que muy a mi pesar todavía se entiende como “minoría” en relación a una “mayoría” que ya no tiene sentido describir (mayoría cualitativamente hablando, porque la cuestión es simbólica). La participación cada vez más inclusiva ha ido habilitando la transmutación gradual de los contenidos, siendo cada vez menos frecuente la búsqueda de la risa a través de la desestimación de alguna de dichas “minorías”, aunque, quizás, el gran imposible de algunas murgas sea la transgeneridad. No es que no se escuchen más los chistes de “minitas”, de “negros” y de “putos”, pero pensando desde la elaboración (o el tiempo que se toman para hacer entrar un personaje a escena o para bromear con el asunto) siguen estando completamente vigentes los chistes de “travestis”; es sin lugar a dudas donde en varias murgas el prejuicio se mantiene casi intacto.

Como tercer punto, existe una eterna discusión acerca de si el Encuentro es lo que su nombre indica o es en realidad un concurso. Estrictamente, el único requisito para poder participar es tener un mínimo de 13 integrantes. La murga que se anota tiene la posibilidad de que un monitor acompañe su proceso, de presentar parte de su espectáculo en un ensayo abierto con amplificación ante un par de referentes del género que podrán hacerle observaciones al espectáculo, así como de presentarse en diversas instancias que se generan por fuera de lo institucional pero que ya son parte de la esencia, como ensayos compartidos, festibailes (varias murgas cantan durante unos diez minutos cada una y luego se arma un baile, y esto se hace para financiar los espectáculos), o encuentros de referentes de murga joven organizados por la institución[10].

Para terminar con esta sesgadísima descripción del Encuentro, quisiera referirme a su alcance, quizás más que nada para dar una idea de la seriedad del asunto. Alrededor de 750 personas se inscriben en un total de murgas que ronda las 70 (algunas comparten integrantes) y llegan a participar en la instancia de muestra aproximadamente 50 espectáculos. La muestra, que se realiza en el escenario de un barrio montevideano alejado del centro (o en varios, según el año, pero siempre con la premisa de descentralizar) suele ser bastante concurrida. Tiene, además, la cobertura de una radio online y una radio FM, y los espectáculos suelen ser filmados y subidos a Youtube. De esa primera etapa, un jurado selecciona un total de veinte, que habrán de mostrar el espectáculo en una segunda instancia en el Teatro de Verano “Ramón Collazo”, donde también se realiza el concurso de Carnaval. El mismo jurado elige cinco murgas a las que reconoce con una “mención al espectáculo”, y determina incontables menciones a momentos o características que considere positivas de entre el total de murgas, incluyendo las que no pasan a la segunda instancia. Además, todas las murgas que hayan participado en el encuentro ajustándose a sus bases tienen la posibilidad de “hacer tablados”, es decir, actuar en los escenarios barriales en febrero, en general como teloneros de los espectáculos que participan en Carnaval, frente a un público que puede llegar a ser numeroso. Pero eso no es todo; están también los viajes al exterior que organizan algunos grupos, siendo Argentina y Cuba los dos destinos por excelencia, aunque no excluyentes. En suma, las murgas jóvenes se muestran ante un número considerable de espectadores, con discursos que no se someten para ello a ningún filtro[11].




[1] Creo que si existe un antecedente en murga de manejo consciente de esa nada es el de La gran siete, si bien estoy más que dispuesta a discutir sobre esto (ameritaría una nota aparte).
[2] Si usted quiere enredarse bien con el concepto de ideología, vea la película “The pervert’s guide to ideology”, Slavoj Žižek, 2012. Si después quiere desenredarse, véala dos o tres veces más.
[3] Quisiera dejar por aquí la reflexión de Aristóteles en Poética acerca de la comedia, porque creo que viene al caso, ya que indirectamente sugiere que ésta se sustenta en una suerte de jerarquización de lo humano: “La comedia es, tal como dijimos, imitación de personas de baja estofa, pero no de cualquier defecto, sino que lo cómico es una parte de lo feo” (pág. 45).
[4] En mi caso, la vivencia del Encuentro de Murga Joven es tan subjetiva que no puedo evitar significar tanto el contexto como las personas que intervienen en el proceso creativo.
[5] Noción que aparece en el libro homónimo de Umberto Eco para referirse (de forma sucinta) a la participación activa del lector en la construcción del sentido de la obra.
[6] No reconocer a determinadas personas como sujetos, como plantea el autor Wiliam Siqueira, las sitúa “en un intersticio entre cuerpos que parecen no tener importancia por sus disidencias respecto de la norma, y cuerpos que importan porque delimitan las fronteras de la normalidad” (pág. 36).
[7] Tampoco podría escuchar blues.
[8] IMPOrta que lo sepas.
[9] Las mismas bases del Encuentro lo sugieren.
[10] Hablo de “la institución” porque si bien entre 2009 y 2016 ha estado bajo la órbita de la Gerencia de Eventos de la Intendencia de Montevideo, es vox populi que a partir del próximo año retornará a la Movida Joven. Espero que sin perder los atributos tan valiosos que vengo mencionando.
[11] Incluso, por ejemplo, sucede todos los años que discursos con contenidos discriminatorios pasen a la instancia del Teatro de Verano y lleguen a obtener la mención al espectáculo. 

Fe de des-erratas: Después de publicar la nota, corregí el dato confuso acerca de la participación de la mujer en murga, ya que se daba a entender que había aparecido por primera vez en el Encuentro, cuando en realidad ya se había visto en murgas de Carnaval. Lo que quise decir es lo que dice ahora: que es donde más se promueve su participación, donde más se la integra. También añadí el dato de una segunda radio, FM, que transmite el Encuentro. Gracias por esas observaciones.


Bibliografía citada

Fernández, A. & Siqueira, W. (2013). La diferencia desquiciada. Géneros y diversidades sexuales. Buenos Aires: Biblos. 
Barthes, R. (2003). El grado cero de la escritura y nuevos ensayos críticos. Buenos Aires: Siglo Veintiuno.
Aristóteles. (2015). Poética. Madrid: Alianza Editorial.
Butler, J. (2015). Deshacer el género. Barcelona: Paidós.

lunes, 19 de septiembre de 2016