domingo, 27 de noviembre de 2016

Algunas consideraciones sobre la nada y lo humano en murga joven

Quisiera que la nota fuera comprendida tanto por quienes han transitado o transitan por la experiencia de murga joven como por personas que no estén familiarizadas con esta expresión artística. Pero la síntesis de lo que considero central para describir el contexto de estos discursos me resultó tremendamente aburrida. Por eso, esta vez, el contexto está al final. Sepan entender-scrollear.


¿Se puede escapar del significado?


Hay murgas que pretenden no significar; lo dicen abiertamente quienes participan en sus procesos creativos: “La idea es no decir nada”. Incluso hay espectadores, algunos bastante formados, que, cansados de ver tanto intento frustrado de significación, tanto ensayo mal resuelto de “decir algo”, aplauden esta premisa de no decir nada. Eso es, al menos, inocente. Pero antes de que me pregunten quién soy yo para sostener algo así, prefiero citar a Roland Barthes (“estúpido y sensual Barthes”, como dice un amigo) que ya en la década del setenta, en El grado cero de la escritura, decía a propósito:

“Entonces, no pasa nada. No obstante, es necesario decir esa nada. ¿Cómo decir: nada? Nos encontramos delante de una gran paradoja de escritura: nada solo puede decirse nada; nada es tal vez el único vocablo de la lengua que no admite ninguna perífrasis, ninguna metáfora, ningún sinónimo, ningún sustituto, pues decir nada por su solo puro y detonante (la palabra “nada”) es al instante llenar la nada, desmentirla: como Orfeo que pierde a Eurídice volviéndose hacia ella, nada pierde un poco de su sentido cada vez que se la enuncia (que se la de-nuncia). Por lo tanto es necesario hacer trampa.” (pág. 164). [1]

No solamente no hay discurso que no signifique, sino que no hay discurso que no contenga una ideología[2]. Con esto no quiero decir que no sea posible intentar una estructura “vacía”, sino que, cuando se dé el caso, el espectador completará ese hueco con su propia cosmovisión. Y eso es un peligro. Contamos un chiste porque da gracia, sin pretender adjudicarle ningún significado, y terminamos hiriendo directamente, e indirectamente consintiendo la violencia simbólica hacia el objeto de nuestra broma. Es un mero ejemplo, quizás de los más comunes, para ilustrar lo que intento decir[3]. Al final no podremos evitar, por así decirlo, que nos salga la ideología por la culata. De manera que (y esto ojalá sirviera como alerta) el espectáculo que creamos, aún cuando no queramos decir nada, o cuando no queramos ser “profundos”, va a contener tarde o temprano una visión del mundo, un punto de vista.

¿Cuál es el riesgo, entonces, de tomarse a la ligera el proceso de construcción de nuestro discurso? Primero, que con seguridad tendremos doble trabajo para lograr la coherencia interna del espectáculo, y además es probable que terminemos “no diciendo nada”. Podrán preguntarme ¿qué tal si esta es la idea?, a lo que responderé ¡¿leyeron los párrafos anteriores?! y añadiré: lo más probable es que surjan interpretaciones contradictorias con nuestros puntos de vista sobre los temas que abordemos en el espectáculo, aunque por gusto lo hagamos de forma superficial. Cuando no nos toque espectadores (como quien escribe[4]) que sobre-interpreten lo que directamente no había sido pensado para ser interpretado. Todo esto lo digo intentando no dirigirme hacia la zona de la responsabilidad ética de quien crea una obra artística, donde hallaríamos argumentos aún más radicales para esta premisa.

Aquí es donde puede surgir una nueva pregunta: ¿no es posible que a pesar de mi esfuerzo el discurso sea “malinterpretado”? Lo expreso entre comillas precisamente porque, en un enfoque de obra abierta[5], la idea de malinterpretar no tendría sentido, ya que la obra se completaría con las significaciones adjudicadas por el receptor (en una especie de lector-autor). Sin embargo, quienes estudiamos los textos sabemos que un discurso sin grandes fisuras, sin contradicciones, con una ideología configurada de antemano, tiene más posibilidades de transmitir la cosmovisión de su autor y es, asimismo, menor el riesgo de que a la pieza le quepa cualquier ideología. Valga también esta otra aclaración: no hablamos de discursos simples o discursos complejos, no me refiero a que la intención de quienes construyen espectáculos de murga joven debiera ser generar discursos que pudieran entenderse únicamente después de haber sido vistos un par de veces, ni habiendo leído muchos libros; ni a que no puedan hablar de banalidades o hacerlo con lenguaje llano, o buscar la risa fácil, y un eterno etcétera; todo esto no contradice la idea de generar un espectáculo consciente de su alcance y responsable de sus significaciones.

¿Define la murga joven una categoría para lo humano?


La pregunta puede resultar descabellada o muy rebuscada, pero es lo que está en juego verdaderamente. Advierto que no vi la manera de explicarlo sin ejemplos, por lo que a continuación describiré espectáculos que he visto. Sobre esto, antes quisiera aclarar que lo hago con el mayor respeto posible, entendiendo que no es “maldad” sino falta de elaboración conceptual y de contacto con determinadas realidades lo que motiva a una murga a entrar en ciertos terrenos. Por eso me tomo el trabajo de escribir sobre el asunto, buscando darle un poco de visibilidad.

Tardé mucho tiempo en detectar qué era lo que me angustiaba de algunos chistes que pululaban (y hasta ahora vemos) en Carnaval y Murga Joven. Siempre me costó darles explicación a determinados motivos de risa. Fue con algunas lecturas teóricas (y el ingrediente secreto) que pude empezar a comprender que aquello se vinculaba con una incapacidad generalizada de ver algunas cosas. Por ejemplo, de ver lo humano en “el puto” y “el travesti”[6], que son las figuras que más sobreviven en los chistes de carnaval, pero también de “el negro” y “la mujer” (sí, todavía, aunque estos últimos de forma ya mucho más sutil).

La filósofa Judith Butler ha reflexionado mucho sobre los límites de lo humano, partiendo desde el lugar de la propia vivencia de la negación de su humanidad, y creo que en ese sentido podría ser fructífero compartir un pasaje de uno de sus libros, porque resulta bastante ilustrativo de cómo sienten quienes están forzosamente colocados del otro lado de lo humano, o más allá de lo que las normas definen como lo humano:

Darse cuenta de que se es fundamentalmente ininteligible (que incluso las leyes de la cultura y del lenguaje te estimen como una imposibilidad) es darse cuenta de que todavía no se ha logrado el acceso a lo humano, sorprenderse a uno mismo hablando solo y siempre como si fuera humano, pero con la sensación de que no se es humano; darse cuenta de que el lenguaje de uno está vacío, que no te llega ningún reconocimiento porque las normas por las cuales se concede el reconocimiento no están a tu favor” (pág. 53).

Tanto en Murga Joven como en Carnaval, esto se da de forma sistemática. No, no es que pensemos conscientemente que los seres reales que están representados en las bromas no sean humanos. Pero sí que hay un punto en el que nos permitimos jugar con su inexistencia simbólica, con su habitar fuera de la norma, para poder bromear con ellos. Necesitamos que los sujetos reales que representamos con el objetivo de hacer reír desaparezcan por un rato, quedarnos solamente con su significado a-normal. De otro modo, no es gracioso. Y es allí donde aunque sea por un momento los estamos negando, invisibilizando. Sin pretender entreverar más el asunto, me conformaré con decir que esta invisibilización es un acto violento hacia seres que en el momento del chiste (y para que el chiste sea un chiste) tienen suspendida su condición de ser humano.

Uno de los espectáculos que vi este año en murga joven me permitió conectar esta idea con un ejemplo concreto. El mensaje que explícitamente daba hacia el final del espectáculo consistía, justamente, en una invitación a la re-ampliación de lo humano en el mismo sentido al que me referí antes. Proponía devolverles el carácter de humano específicamente a las personas pobres (desde un punto de vista económico o de clases). "Ya te acostumbraste al paisaje natural donde la pobreza y la miseria es lo habitual", nos decían. Me pareció muy atinado y coincido plenamente con esa lectura. Comparto que cada vez más se des-humanizan determinadas personas y creo firmemente que la finalidad última de esa práctiaca es quitarnos responsabilidad, culpa, y trabajo (porque si fueran derechos humanos, de humanos tan humanos, tendríamos que hacer algo al respecto). Pero es paradójico que justamente esa murga se haya permitido bromear antes, durante segundos que para mí fueron una eternidad, acerca de "los travestis", y de buscar la risa fundamentando el uso de ese término ante la prohibición del director de decir "pija", para terminar concluyendo que lo mejor del lugar de origen de la murga en realidad son "las dominicanas". Siento mucho verdaderamente si esto fue en el fondo un intento de denuncia, si bajo la aparente broma había un sarcasmo que buscaba hacernos ver nuestra pobreza de espíritu, porque en tal caso mi lectura fue incorrecta, y ahí volvería a los párrafos del riesgo de no ser preciso con lo que se dice, enfatizando el peligro de hacerlo cuando tocamos temas tan delicados. Pero según la interpretación que le di yo (nadie de los que estaba allí conmigo en el momento interpretó lo contrario) habrían caído, seguramente sin darse cuenta, en lo que pocos minutos después iban a denunciar. ¿”Travesti” es una categoría ajena a lo humano? Ese es el mensaje que me queda grabado a mí conscientemente, y al público en general inconscientemente. Y es el mensaje que el jurado aprobó al hacerlos pasar a la siguiente etapa del Encuentro.

Otro caso que me parece representativo, si bien implica moverse un poco de terreno, es el de la murga de hombres que un día decide incorporar una mujer (sí, estamos en los años 60). Esto que voy a expresar lo digo con independencia de mi gusto personal de sonoridad del coro (hablo de gusto y no de valoración, que son dos cuestiones distintas). ¿Por qué esa mujer tiene que vestirse de mujer cuando el resto no está vestido de hombre sino de murguista? Si la idea era incorporar una mujer específicamente, por alguna clase de autoimposición del cupo o por aplicar una medida afirmativa, quizás hubiese sido mejor vestir al resto de hombre. Porque lo que se lee es que la mujer puede llegar a integrar el coro pero nunca a ser murguista, y eso no sé en qué medida a alguien le puede parecer una medida afirmativa de algo que no sea el statu quo. Si, por el contrario, lo que movió en realidad a la murga a incorporar una mujer fue el hecho de haber hallado una actriz muy buena que sería ideal para el papel que necesitaban (no lo dudo porque he visto antes a esa actriz y creo que es realmente buena), podrían haber confiado en que iba a poder actuar de murguista, tanto como de mujer, porque eso hacen los buenos actores. Y acá ya pasamos quizás de la categoría de “lo humano” a la categoría de “lo murguista”, si puedo ser burda, pero que en el fondo genera una vivencia bastante similar.

Ejemplos abundan. Prejuicios que no pretenden ser derrumbados siguen haciéndonos reír a costa de la negación y de la violencia simbólica que eso conlleva. Estéticas que continúan representando nuestra incapacidad de reconocernos como iguales, aún en la zona de la diferencia de género (hombre-mujer), donde se supone que tanto hemos avanzado. Cómo nos vestimos, qué decimos y cuál es la voz (¿se convierten las voces de una murga mixta en la voz de un hombre cuando el coro canta “necesito una mujer que no tome pastillas” para tener un hijo?) son aspectos que, a mi criterio, se toman demasiado a la ligera. No estamos pensando lo suficiente en lo que decimos, ni en lo que connota la forma de lo que decimos, ni considerando lo que estamos diciendo incluso cuando nos proponemos no decir nada.

Por supuesto que hay grados y que no pongo todo en una misma bolsa como espectadora, porque de lo contrario no podría disfrutar ningún espectáculo, e incluso no podría hacer nada ante la posibilidad de caer en lo que estoy criticando[7]. Claro que veo la diferencia entre el cuplé de un mecánico que descubre que travistiéndose y dedicándose a la prostitución resuelve sus problemas económicos pasando a tener una vida mejor, y el chiste de un verso de duración que pone a las “lesbianas en general” como sospechosas de haber alterado unos chorizos (bajo el prejuicio trillado de que las lesbianas son terroristas del falo). El primer caso me genera impotencia, mientras que el segundo, al principio me causa gracia porque pienso que son conscientes de que es un prejuicio y luego termino explicándoles todo esto, por si acaso, no para que no hagan más el chiste sino para que transiten por el espectáculo (y, por qué no, por la vida misma) siendo un poco más desprejuiciados.
No quisiera que mi focalización en el género por ser donde he estado centrando mis últimas lecturas diera la pauta de que es solamente allí que sucede lo que intenté transmitir. Es cuestión de ponerse a ver. Hay una infinidad de ejemplos referidos a otros criterios que rigen la categorización de lo humano; sí, en los discursos de murga joven.

Ahora, el contexto


Uno de los aspectos más sustantivos del Encuentro de Murga Joven es el aporte a la protección del patrimonio cultural uruguayo. La murga (también la “marcha camión” y el “candombeado” de batería de murga y la murga-canción) es patrimonio cultural inmaterial de nuestro país[8]. No quiero sugerir con esto deba ser entendida como algo inmutable. El Encuentro de Murga Joven tiene la cualidad de valorar la convergencia de propuestas que van desde la recuperación de la murga en sus formas más clásicas a la ruptura desde un posicionamiento metadiscursivo, heterogeneidad que me resulta muy saludable y que, más allá de las diversas inclinaciones que podamos encontrar en el jurado de cada año, afortunadamente suele verse con buenos ojos[9]. De cualquier modo, la apropiación del género murga es evidente aún en los espectáculos que pueden entenderse como más “deconstructivos”: por lo general, mantienen el coro y la batería y dialogan con la secuencia presentación-introducción-salpicón-cuplé(s)-canción final-retirada-bajada, muchas veces desde la parodia o desde la sátira, exagerando, omitiendo o reordenando dicha secuencia.

Al mismo tiempo, el Encuentro es pluralista, o se supone que lo es, como el resto de la sociedad uruguaya (ja, ja). Lo cierto es que parece querer integrar a las mujeres (es en este Encuentro donde más se han incorporado lo que conocemos como “murgas mixtas”, “murgas de mujeres”, “murgas con mujeres” y todas las variaciones posibles de la admisión de las mujeres, valga la redundancia, en comparación con murgas de Carnaval, donde la mujer aparece en menor número); a las personas con discapacidad (si bien, lo más frecuente en este caso es la participación de murgas integradas en su mayoría por personas con discapacidad, extrapolable a las “murgas de mujeres”, que a veces incluyen hombres); a los y las afrodescendientes, inmigrantes, practicantes de todo tipo de religión, gays, lesbianas, y (si bien no sé si se ha dado el caso) transexuales e intersexuales; todo lo que muy a mi pesar todavía se entiende como “minoría” en relación a una “mayoría” que ya no tiene sentido describir (mayoría cualitativamente hablando, porque la cuestión es simbólica). La participación cada vez más inclusiva ha ido habilitando la transmutación gradual de los contenidos, siendo cada vez menos frecuente la búsqueda de la risa a través de la desestimación de alguna de dichas “minorías”, aunque, quizás, el gran imposible de algunas murgas sea la transgeneridad. No es que no se escuchen más los chistes de “minitas”, de “negros” y de “putos”, pero pensando desde la elaboración (o el tiempo que se toman para hacer entrar un personaje a escena o para bromear con el asunto) siguen estando completamente vigentes los chistes de “travestis”; es sin lugar a dudas donde en varias murgas el prejuicio se mantiene casi intacto.

Como tercer punto, existe una eterna discusión acerca de si el Encuentro es lo que su nombre indica o es en realidad un concurso. Estrictamente, el único requisito para poder participar es tener un mínimo de 13 integrantes. La murga que se anota tiene la posibilidad de que un monitor acompañe su proceso, de presentar parte de su espectáculo en un ensayo abierto con amplificación ante un par de referentes del género que podrán hacerle observaciones al espectáculo, así como de presentarse en diversas instancias que se generan por fuera de lo institucional pero que ya son parte de la esencia, como ensayos compartidos, festibailes (varias murgas cantan durante unos diez minutos cada una y luego se arma un baile, y esto se hace para financiar los espectáculos), o encuentros de referentes de murga joven organizados por la institución[10].

Para terminar con esta sesgadísima descripción del Encuentro, quisiera referirme a su alcance, quizás más que nada para dar una idea de la seriedad del asunto. Alrededor de 750 personas se inscriben en un total de murgas que ronda las 70 (algunas comparten integrantes) y llegan a participar en la instancia de muestra aproximadamente 50 espectáculos. La muestra, que se realiza en el escenario de un barrio montevideano alejado del centro (o en varios, según el año, pero siempre con la premisa de descentralizar) suele ser bastante concurrida. Tiene, además, la cobertura de una radio online y una radio FM, y los espectáculos suelen ser filmados y subidos a Youtube. De esa primera etapa, un jurado selecciona un total de veinte, que habrán de mostrar el espectáculo en una segunda instancia en el Teatro de Verano “Ramón Collazo”, donde también se realiza el concurso de Carnaval. El mismo jurado elige cinco murgas a las que reconoce con una “mención al espectáculo”, y determina incontables menciones a momentos o características que considere positivas de entre el total de murgas, incluyendo las que no pasan a la segunda instancia. Además, todas las murgas que hayan participado en el encuentro ajustándose a sus bases tienen la posibilidad de “hacer tablados”, es decir, actuar en los escenarios barriales en febrero, en general como teloneros de los espectáculos que participan en Carnaval, frente a un público que puede llegar a ser numeroso. Pero eso no es todo; están también los viajes al exterior que organizan algunos grupos, siendo Argentina y Cuba los dos destinos por excelencia, aunque no excluyentes. En suma, las murgas jóvenes se muestran ante un número considerable de espectadores, con discursos que no se someten para ello a ningún filtro[11].




[1] Creo que si existe un antecedente en murga de manejo consciente de esa nada es el de La gran siete, si bien estoy más que dispuesta a discutir sobre esto (ameritaría una nota aparte).
[2] Si usted quiere enredarse bien con el concepto de ideología, vea la película “The pervert’s guide to ideology”, Slavoj Žižek, 2012. Si después quiere desenredarse, véala dos o tres veces más.
[3] Quisiera dejar por aquí la reflexión de Aristóteles en Poética acerca de la comedia, porque creo que viene al caso, ya que indirectamente sugiere que ésta se sustenta en una suerte de jerarquización de lo humano: “La comedia es, tal como dijimos, imitación de personas de baja estofa, pero no de cualquier defecto, sino que lo cómico es una parte de lo feo” (pág. 45).
[4] En mi caso, la vivencia del Encuentro de Murga Joven es tan subjetiva que no puedo evitar significar tanto el contexto como las personas que intervienen en el proceso creativo.
[5] Noción que aparece en el libro homónimo de Umberto Eco para referirse (de forma sucinta) a la participación activa del lector en la construcción del sentido de la obra.
[6] No reconocer a determinadas personas como sujetos, como plantea el autor Wiliam Siqueira, las sitúa “en un intersticio entre cuerpos que parecen no tener importancia por sus disidencias respecto de la norma, y cuerpos que importan porque delimitan las fronteras de la normalidad” (pág. 36).
[7] Tampoco podría escuchar blues.
[8] IMPOrta que lo sepas.
[9] Las mismas bases del Encuentro lo sugieren.
[10] Hablo de “la institución” porque si bien entre 2009 y 2016 ha estado bajo la órbita de la Gerencia de Eventos de la Intendencia de Montevideo, es vox populi que a partir del próximo año retornará a la Movida Joven. Espero que sin perder los atributos tan valiosos que vengo mencionando.
[11] Incluso, por ejemplo, sucede todos los años que discursos con contenidos discriminatorios pasen a la instancia del Teatro de Verano y lleguen a obtener la mención al espectáculo. 

Fe de des-erratas: Después de publicar la nota, corregí el dato confuso acerca de la participación de la mujer en murga, ya que se daba a entender que había aparecido por primera vez en el Encuentro, cuando en realidad ya se había visto en murgas de Carnaval. Lo que quise decir es lo que dice ahora: que es donde más se promueve su participación, donde más se la integra. También añadí el dato de una segunda radio, FM, que transmite el Encuentro. Gracias por esas observaciones.


Bibliografía citada

Fernández, A. & Siqueira, W. (2013). La diferencia desquiciada. Géneros y diversidades sexuales. Buenos Aires: Biblos. 
Barthes, R. (2003). El grado cero de la escritura y nuevos ensayos críticos. Buenos Aires: Siglo Veintiuno.
Aristóteles. (2015). Poética. Madrid: Alianza Editorial.
Butler, J. (2015). Deshacer el género. Barcelona: Paidós.

lunes, 19 de septiembre de 2016

domingo, 28 de agosto de 2016

La des-subyugación de la mujercita - Parte 1

¿En quién puedo convertirme en un mundo donde los significados y los límites del sujeto están definidos para mí de antemano?

Judith Butler


Las preguntas de Butler en Deshacer el género (2006) introducen la reflexión sobre el caso de David/Brenda/David, una persona que nació con sexo biológico masculino, cuyo pene fue amputado durante los primeros meses de vida por una mala praxis quirúrgica y que a causa de la confusión que eso le provocó a los padres —que no tuvieron mejor idea que entregarle a la medicina la definición de su género— fue forzado a realizar un tratamiento quirúrgico, hormonal y cultural para convertirse en “mujer” —o aquello que no tiene pene—. Que a los 14 años descubrió que no se sentía mujer más allá de los esfuerzos de la ciencia, y reclamó para sí una re-masculinización de su cuerpo, viviendo como hombre hasta que se suicidó a los 38 años.

Esas preguntas —son muchas más, como también es más extensa la historia de David/Brenda/David— las vincula con la noción, planteada por Foucault, de “des-subyugación del sujeto en el juego de (…) la política de la verdad”. Se trata de problematizar la inteligibilidad de lo humano y, concretamente en este caso, del reconocimiento o no de lo humano conforme al género.

Lo cierto es que no se ha llegado a un acuerdo acerca de los límites entre lo “biológico” y lo “cultural”, y el debate pareciera estar bastante polarizado, demasiado a mi criterio. Entonces, tanto podemos encontrar una postura que diga que toda coincidencia de nuestro comportamiento con lo que culturalmente se asocia al sexo asignado de nacimiento —de forma simplista: “a las nenas les gusta ponerse un vestido rosado y a los nenes una camisa azul”— tiene un origen biológico, hormonal, neuronal, instintivo o todo lo que pueda ser asociado a lo innato, como podemos hallar lecturas que rechazan cualquier vínculo entre, llamémosle, el molde biológico y el moldeado cultural. Asimismo, cada vez con más frecuencia, podemos encontrarnos con discursos que incorporan ambas posturas, que tienden a intentar dilucidar qué clase de conexiones puede haber entre ambos factores.

No estoy en condiciones de defender una postura todavía, porque no he leído lo suficiente. Pero sí puedo decir que estoy cada vez más convencida de lo determinante que puede ser la construcción cultural, simbólica, del género, y de lo engañoso y perverso de asociar dócilmente nuestro(s) deseo(s) y nuestra personalidad a una predisposición biológica, como si no hubiese una normalización intencional detrás chupándonos el diminuto margen que tenemos para considerarnos seres libres.

Tengo bien presente esa idea lacaniana que plantea Zizek, según la cual “la parte más básica de nuestra identidad socio-simbólica es que en el fondo no sabés qué sos y que entonces terminás escapando hacia esa identidad simbólica”, duda que al final termina constituyendo esa des-subyugación del sujeto en la construcción del saber de la que hablaba Foucault.

Dicho esto a modo de brevísima aclaración, o de introducción a mucha honra tendenciosa para lo que viene, quiero compartir este poema que supe ver en las paredes de los cuartos de las niñas de mi generación, y que hoy supongo que hará ver fuegos artificiales o bombas molotov a quienes estamos pensando el género:

Mujercita (¡!)
(Anónimo)

Sé amable, pero no fácil.
Sé digna, pero no orgullosa.
Ríe, pero no a carcajadas.
Mira, pero con recato.
Sé tierna, pero no flexible.
Sé alegre, pero no frívola.
Conversa, pero con mesura.
Sé dulce, pero no empalagues.
Ama, pero con recato.
Escucha, pero no siempre creas.
Sé mujer, pero no muñeca.

Girl before a Mirror, Pablo Picasso, 1932

miércoles, 27 de julio de 2016

¿Por qué está solo el que piensa?

Voy a asumir, porque puedo, que todos conocemos la alegoría de la caverna de Platón. La del “hombre”, a partir de ahora lo llamaré “persona”, que un día, por alguna razón, se desprende de unas cadenas que le retienen en una zona de conciencia inferior a la que el ser humano puede acceder. Que sale a la luz, escapa de la caverna, se encuentra con ese nuevo conocimiento que es mucho más complejo, y que, ante la posibilidad de volver, se percata de que ya no será bienvenido, porque su mundo de origen no es capaz de concebir su nuevo estado intelectual. 


Estos días se me dio por pensar en esa persona que se enfrenta a un siguiente nivel de representaciones, a una nueva zona del conocimiento. Me pregunté por la sensibilidad de quien no puede jamás volver a formar parte del sólido que antes, si bien al margen de las Ideas, le contenía. Porque en el caso de desear volver, por solidaridad —o, según su etimología, por correspondencia con ese sólido—, de acuerdo con la alegoría ya no podría integrarse así como así: no solamente el grupo podría llegar a matarle por esa diferencia que no puede asimilar, sino que a su vez ya no es posible, para quien ha salido de la caverna, retornar al estado anterior. Es el primer duelo; no hay retorno; se fue para siempre del estado de no-pensamiento.

Como bien lo adaptó Matrix, si elegís la pastilla que te va a mostrar la realidad, la que te saca de la caverna, tenés que tener presente que no vas a volver.

...

La masa no despierta; la ves ahí, tan aletargada… De verdad considerás que tiene que despertar por su cuenta. La mirás con cierto desprecio. Escribís una columna en algún medio de prensa o un artículo en un libro que sabés que sólo van a leer tus colegas, que vendrían a ser los otros dueños de los latifundios intelectuales que están encima de la caverna, y sos consciente de que por algún motivo eso que escribiste nunca va a entrar en la cabeza de quien se supone que es el verdadero blanco de tu discurso, “la gente que no piensa”. ¿Te suena?

¿Por qué me siento solo? ¿La soledad es necesariamente un efecto secundario de la intelectualización? ¿No hay alternativa? Si los intelectuales se hicieran esas preguntas, quizás otra sería la historia. Es probable que, con la suficiente introspección, se pueda llegar a reconocer que saberse parte de una élite tiene sus beneficios, e incluso que aquella masa encadenada es necesaria para verdaderamente gozar de ese nuevo estado de conciencia. Quizás prefiramos que sea así, ignorante, que se note el contraste. Del mismo modo que el capitalismo necesita a los pobres —es decir, del mismo modo que vos, persona que lee, necesitás que alguien trabaje en condiciones insalubres por el plato del día para que puedas ponerte ese jean, y otro día hablaré sobre cómo los nuevos comunistas disfrutan de los beneficios del capitalismo, último Samsung en mano y pantalones Levis, mientras no llega la revolución del proletariado—.

Es tan alto el nivel de masturbación intelectual en el que uno se sume cuando alcanza cierto grado de entendimiento general, que no le permite ver que gradualmente se va sumando a una élite, al tiempo que va perdiendo el contacto con la masa de la que formaba parte, la que supuestamente quiere ver despertar. Así, de pronto, ya está uno completamente “del otro lado” y no es capaz de percatarse de cuán egoísta es el móvil de su participación en ese grupo selecto. Puro narcisismo, que me perdonen Freud y toda la élite que le aplaude el pene, el simbólico.

El duelo que viene después lleva quizás toda la vida y requiere introspección, pero también creatividad. Consiste en intentar, por un lado, despertar del letargo al sólido original, a la familia y el entorno de origen, y, por otro, ir a buscar a los pedazos de egoístas que una vez que subieron no quieren bajar ni a saludar, e intentar seducirlos con esa alternativa. Buscar el mejor léxico para llegar a los que nunca han pensado en lo que uno quiere decir y así no terminar masturbando a los convencidos; tragarse el orgullo al momento de saberse subestimado ante la mirada de la élite. Esto no supone caer en el simplismo, lo que se espera sigue siendo "nivelar para arriba". Tampoco exige que abandonemos la teoría, sino que nos reservemos un tiempo para elaborar otros cómos.

Ese nomadismo, entonces, implica darse de lleno con una sensación de angustia y soledad. El tiempo pasa y la cuestión parece avanzar mucho más lentamente de lo que se esperaba. Sin embargo, no he visto mejor alternativa. A los intelectuales: si despertar a la masa es la premisa y no se trata de una gran pantalla para calmar la culpa de vivir en una nube, hay que cambiar la estrategia porque no se ha hallado el camino. Hasta ahora, están los que no lo pensaron, los que lo pensaron, y dos o tres sui generis resistiendo en el medio.

Matrix, película de las hermanas Wachowski, 1999 


miércoles, 29 de junio de 2016

El Puto Foucault o la importancia de salir salir

Una vez que “salimos del closet”, salimos para todos, incluso para nosotros mismos. No alcanza con que nuestros amigos menos conservadores lo sepan. “Salir salir” es asumirse por completo; es reconocer, de una vez por todas, que en un aspecto que aún es importante, como la orientación sexual o la identidad de género, no satisficimos el deseo de nuestros viejos (ni el nuestro) de cumplir con la normativa. Dijimos sabremos cumplir muchas veces, no debería extrañarnos que nos lo hubiésemos terminado creyendo.
Una vez afuera, empezamos a percibir un cambio en la manera en la que construimos nuestra identidad: ya no es desde el exterior y hacia adentro, ya no somos aquellos seres permeables y maleables. Algo del sí mismo empieza a participar en esa construcción. Aparecen los límites y desaparecen las crisis de pánico. Y el entorno lentamente pareciera irse modificando, si bien, lo cierto es que al principio se modifica exclusivamente ante nuestra presencia y, recién más tarde, echa unas raíces que ya no responden solo a esa circunstancia.
No quiero volverme críptica; para variar, estoy intentando hablar simple y claramente. Qué mejor, entonces, que usar ejemplos concretos, pese a quien le pese. En la ciudad de donde vengo, históricamente al nombre de los homosexuales, o de quienes se supone que lo son según diversas y curiosas fuentes, le precede el adjetivo “puto”: el Puto José, el Puto Raúl, y así, a menos que su apodo sea lo suficientemente sugerente, digamos, por ejemplo, “Chocolondo”. El caso es que el día que “demostré lo contrario”/dije que no era heterosexual presentando pruebas contundentes, los apodos y los adjetivos desaparecieron ante mí. Pero no gradualmente, sino de la noche a la mañana. Mis interlocutores, desde entonces, comenzaron a enfrentarse con frecuencia a la situación, muy incómoda, sin dudas, de tener que especificarme a qué José o a qué Raúl se referían sin colocar el término “puto” adelante, un verdadero desafío ya que poco más sabían de la vida de aquellas personas como para encontrar otros elementos descriptivos. “Ah, el Puto José”, remarcaba yo con deleite.
Este cambio abrupto sucedió a través de mí, y se fijó ANTE (así, todo con mayúsculas) mi presencia. Me arriesgaría a decir que, en la mayoría de los casos, apenas yo desaparecía, todo volvía a la normalidad. Tengo que reconocer que saber esto me hacía sentir un tanto marginal, como el enfermo de cáncer delante del cual se evitan ciertos temas siendo éste plenamente consciente de que está recibiendo un trato especial. Sin embargo, con el tiempo, algunas acciones y algunos comentarios pescados del entorno me fueron dando a entender que a lo políticamente correcto se había estado sumando una especie de consentimiento real, de reconocimiento. No el que yo quería, o el que yo consideraba apropiado, pero sí uno que denotaba un movimiento simbólico hacia el reconocimiento no solo de mí como sujeto aislado, sino de lo Humano de ese aspecto de mi vida.
Siento mucha satisfacción cuando escucho a mi familia y amigos consternados ante hechos que antes simplemente hubiesen dejado pasar, como que le nieguen a un homosexual la posibilidad de donar sangre, o que se difame a las nuevas trabajadoras trans con las que ahora algunos comparten oficina. El hecho mismo de que hoy eso les haga ruido evidencia un movimiento quizás más significativo de lo que podamos concebir. Aunque no desde la práctica, desde el discurso vengo planteándome estos asuntos desde hace más de una década, siendo que para muchas personas son verdaderas novedades que han aparecido tardíamente en sus vidas.
El concepto de “micropolítica”, planteado por Michel Foucault (el Puto Foucault) adquiere aquí un sentido práctico innegable.

Y sí, cada tanto ese optimismo se desmorona. A decir verdad, gran parte del tiempo. La cosa no ha cambiado tanto a gran escala. Vivo en una burbuja, lo tengo más que claro. Pero conservo por mi propio bien la idea de que si todo aquel que en su interior se reconoce dentro de alguna de las tantas formas de otredad que nos circundan (pienso específicamente en las referidas al género y la identidad sexual, pero se puede extrapolar a muchos otros casos) hiciera el ejercicio de “salir salir”, quizás el entorno de cada individualidad tomaría contacto con el contiguo y eventualmente repercutiría en la normativa general. Sí, tanto Gre Gre para decir que todavía no pierdo las esperanzas. Me obligo a verlo de ese modo, ya que otras perspectivas pueden ser peligrosas. Directamente no me las permito, porque de lo contrario dejaría de permitirme la vida. Salú (salí). 

Fotograma de Carol, de Todd Haynes, 2016
(recomiendo, de paso)

viernes, 6 de mayo de 2016

Acerca de lo insólito


Del Diccionario de la Real Academia:

insólito, ta
Del lat. insolĭtus.
1. adj. Raro, extraño, desacostumbrado.

El video sobre el que me voy a pronunciar (de manera muy escueta porque pienso que habla por sí solo) no es insólito, como lo indica el título del artículo publicado por la página uruguaya "Pantallazo", de Montevideo Portal ("INSÓLITA OPORTUNIDAD LABORAL: DIVAS BUSCA "CATADOR DE CHICAS").

No tiene nada de raro ni de extraño ni de desacostumbrado. Es el objeto nuestro de cada día, la mujer: "Te pagamos por probar nuestras chicas", como quien cobra por testear un auto.

Haciendo un enorme esfuerzo por dejar a un lado la repulsión que me genera esto y no caer en la mera catarsis, quiero plantear algunas preguntas que ojalá sirvieran como disparadores en alguna charla este fin de semana:

¿Nuestras chicas? ¿De quién? ¿Es legal poseer chicas? ¿Es esta publicidad una forma descarada de promocionar la trata de personas?

¿De qué manera se vincula esto con el consumo de pornografía?; ¿si la consumo debo aceptar el pacto de que una persona pueda ser "catada" para ese propósito? ¿En qué términos nos vinculamos con lo pornográfico?, ¿necesariamente supone transformar a las personas en objetos de consumo?, ¿por qué no hablamos nunca del tema?

¿Podemos criticar esto, preguntarnos qué está pasando? ¿Desde cuántos puntos de vista es machista? ¿Tendría que existir algún impedimento legal para la divulgación de estos contenidos?

¿Cómo se supone que debemos vincularnos con el cuerpo -concepto y forma?

¿Quiénes somos en esta publicidad?, ¿dónde estamos parados? ¿Somos el creativo, el empresario, la "chica" que menea frente a la cámara, el camarógrafo, el editor, el que va a buscar ese trabajo, un otro que está implícito y que los tiene sin cuidado?

¿Podemos hablar de impunidad, de una vez por todas?


Fuente del video: http://www.pantallazo.com.uy/auc.aspx?307479




viernes, 15 de abril de 2016

Acerca del spray que vence el instinto del varoncito

“No existe tal cosa como el instinto”, dice la licenciada Pernisi, una idónea en la materia. Lo cultural lo atraviesa, se interpone, lo filtra. Pero la cultura de masas no lo sabe. Habría que avisarle.

Hoy me encontré con uno de esos tantos videos que por lo básicos y grotescos logran hacerme reír, pero que no puedo compartir en las redes sociales sin antes proponer una reflexión, porque entre líneas reproduce conceptos que me resultan aberrantes.

Es el spot promocional de una revista sobre fútbol. En el video, se suceden escenas “cotidianas” del básico hombre-mujer: en un bar, un hombre se acerca a una mujer creyendo estar bailando con sensualidad; en el living, un hombre recibe mensajes de celular mientras ve una película con una(su) mujer; en la cocina, un hombre se ve tentado a abrir la heladera quizás a mitad de la noche y es descubierto por una(su) mujer; en la habitación, a la noche, un hombre se quita la bata intentando seducir a una(su) mujer, que está acostada leyendo. And so on and so on.

Cada una de esas situaciones es resuelta mediante un spray que la mujer en cuestión dispersa en línea recta delante del hombre, haciendo alusión a la distancia reglamentaria, ya que “si te lo explican con fútbol, lo entendés”. El hombre (son siempre hombres distintos, pero en este video conforman una especie de entidad), ante eso, pone el freno.

Y yo me pregunto: ¿qué 'me' están queriendo decir? ¿Que el hombre por sí solo no puede “mantenerse a raya”? ¿Que la mujer es la única responsable de poner el límite y que, encima, tiene la tarea de encontrar una manera ingeniosa de hacerlo porque el hombre de otro modo no es capaz de entender?

Pero, hilando más fino: ¿Están reconociendo que el reglamento del fútbol, que es algo absoluta e incuestionablemente cultural puede tener algún efecto sobre el instinto “natural” del hombre (del varón) que hemos antes acordado concebir por encima de lo cultural? Quiero decir, si hay algo cultural que puede vencer lo instintivo, ¿dónde está, entonces, lo irremediable del instinto del macho?

No pretendo llegar más lejos. Me quedo con el regocijo de ver cómo la cultura patriarcal se pisa el palito sola. Y siendo las cinco y media de la mañana y habiendo tomado tres güisquicitos y comido seis empanadas criollas, me despido recomendándoles a las chicas que se compren ese spray, porque aunque no esté probado científicamente seguro sirva también para prevenir violaciones.


Orange clockwork, S. Kubrick.

jueves, 18 de febrero de 2016

Sobre la representación de la sexualidad en las redes sociales

La primera imagen que vi hoy en Facebook tenía a una mujer en ropa interior, con pose seductora y figura convencionalmente atractiva, debajo del siguiente texto: “La mujer es de quien la hace temblar de placer”.
Me pregunté quién querría ser mujer en estos términos. ¿Quién entregaría su libertad a cambio de placer? O, dicho de otro modo: ¿qué mujer querría entregarse al placer con la condición de aceptar la cosificación?
Pero en una segunda lectura comprendí que estaba, erróneamente, poniendo el foco en la mujer, cuando en realidad no es la única perjudicada: ¿Qué hombre sería capaz de entregarse al placer con un alguien que debe pensar como un algo? ¿No es casi como tener sexo con una muñeca inflable?
No está demás aclarar que, a mi criterio, el error de base sigue siendo esa insistencia naif en el binarismo de género y en establecer los límites de las representaciones de cada cual, antes que aproximarse a la persona que hay detrás de dichas representaciones. Está bien, no queremos desprendernos de las nociones de hombre-mujer, lo entiendo, es lo único que conocemos y ya forma parte de nuestra identidad. Entonces, al menos, comencemos a prevenir algunos daños ¡con las siguientes superventajas!
Buen sexo (hay que manejar palabras clave, es internet). El placer requiere entrega de parte de las personas involucradas, pero para que aquélla sea posible debemos ver al otro como un igual, respetarlo, reconocer su humanidad. Aquí es donde entra la idea de la muñeca inflable. Creo que más que machista, nuestra sociedad es cada vez más individualista; estamos negados a abrazar al otro, nuestra vida entera es una gran masturbación. ¿De qué manera podemos llegar a entregarnos con un objeto?, esto no sería posible nunca, no trascendería el mero fetiche.
Tanto el hombre como la mujer, siguiendo la lógica de la imagen que motivó esta reflexión, se ven atados a un juego de representaciones que enfría la carne, el vínculo real. La mujer no se entrega completamente porque sabe que para eso debería renunciar a su calidad de sujeto, reconocerse como muñeca inflable o, peor todavía, saber que ante los ojos de quien está con ella, no es la persona que asegura ser. No es.
¿Y el hombre? Tampoco es. En el mismo instante, él también debe poner una representación por encima de su subjetividad, debe autoconvencerse de que esa mujer es el objeto que él tiene que adquirir y utilizar todo su ingenio para ello. No puede entregarse. De lo contrario, estaría inscribiéndose simbólicamente en la definición de mujer, de lo femenino: sería un hombre “afeminado”, con lo terrible que suena esto en nuestro entorno.
El sexo es mediatizado constantemente por estas representaciones y las personas involucradas luchan a cada segundo por despojarse de ellas, para no caer en la frialdad que las guiará a la frigidez, a la impotencia y a todos los problemas sexuales “psicológicos” que ya conocemos.
Estoy convencida de que las imágenes compartidas en las redes sociales con la aparente intención de reforzar las representaciones ya arraigadas no son más que un juego perverso, autodestructivo, que en el plano simbólico nos cae simpático pero que en la práctica sexual se convierte en un enemigo.
Machismo es poca palabra para definir el estado de frigidez en el que nos obligamos a vivir.



sábado, 9 de enero de 2016

Niña trans de once años define su orientación sexual para la televisión

Ayer traduje para subtitular el informe televisivo (ver debajo) realizado por el programa 20/20 de la ABC. Lo hallé buscando materiales relacionados con lo queer, queriendo colaborar con la introducción del tema en mi entorno, en el que, como es de suponer, predomina el prejuicio. Pero lo que encontré me generó una gran confusión: un tópico y unos entrevistados valiosísimos enfrentados a la incapacidad televisiva. Resolví, entonces, subtitularlo y compartirlo de todos modos, pero haciendo antes un breve artículo con las aclaraciones del caso.


El informe es condescendiente y sensacionalista; la historia se construye sobre una base perversa de principio a fin. Los temas que aborda, el tipo de preguntas a las que enfrentan a la niña y a su familia y la entrevistadora elegida para la ocasión son los elementos que más preocupan. Empezando por esto último: ¿por qué se ha elegido a esa señora para realizar la entrevista? ¿Es ella “la voz del pueblo”, que con la inocencia y los prejuicios del ciudadano promedio llevará al espectador adonde alguien capacitado en la materia no lo llevaría? ¿Debemos por eso admitir que haga preguntas tautológicas y capciosas, o que incluso inste a la entrevistada a definir cuestiones que no tiene por qué haber resuelto, como su orientación sexual? ¿O que la obligue a revivir, al borde de las lágrimas, episodios que difícilmente habrá podido superar? 

Son preguntas retóricas, claro. Pero tengo más. ¿Desde qué lugar abordamos el asunto?, ¿desde el respeto o desde la lástima? ¿Nos da este informe la pauta de que la transexualidad debería excluirse del catálogo de patologías mentales del último DSM? O más bien nos enseña que debemos tolerar esta patología porque, al fin y al cabo, no le hace daño a nadie.

La televisión, y lo digo lamentando no conocer realizadores de este entorno que se esfuercen por dar el discurso contrario, continúa abordando la temática con la certeza de que los freaks dan rating, perpetuando el antiguo concepto de circo. Lamento decirlo con conocimiento de causa y sin ser capaz de olvidar el día en el que asistí en mi universidad a una charla en la que un reconocido productor argentino recordaba que era Xuxa quien había descubierto el altísimo rating que se conseguía poniendo un niño down frente a la cámara.

Por otra parte, la disforia de género no remite necesariamente a la correspondencia con el polo opuesto de la distinción binaria hombre-mujer asignado al nacer por factores biológicos, sino que también comprende, se me ocurre una ¿inocente? analogía con la religión, géneros protestantes, agnósticos del género, y una enorme gama que, ante la innecesidad de polarizar con la angustia del obsesivo compulsivo, quedan englobados en el denominado “gender fluid” (con el que me identifico).

Entonces, y de cualquier modo, al describir a la niña como “muy femenina”, los padres responden al binarismo de género sin objeciones, lo cual es posible que genere conflictos más adelante a pesar de su evidente buena voluntad. Hay mujeres biológicas “muy masculinas”, y habemos otras que un día tendemos a una cosa y al siguiente a otra, ¿y qué hacemos con eso?

Lo mismo pienso del hecho de que se le exija a una niña de once años definir ante la cámara, eternizándola, su orientación sexual. Quizás, hoy sienta que al corresponderse con el género femenino deba fijarse en hombres porque a esa edad no se suele estar al tanto de las posibilidades, porque no es algo que las familias inculquen ni que se vea en la televisión ni que se abrace en las instituciones educativas, acaso las tres principales fuentes de información a esa edad. Es posible que su palabra se mantenga en el tiempo, pero tal vez no. Quizás simplemente haya respondido para salir del paso y sin tener la menor idea, porque tiene once años. La hemos obligado a resolver públicamente, para nuestro perverso regocijo, algo que bien nos gusta conservar en el ámbito de lo privado.

No quería compartir este video sin antes hacer las mínimas aclaraciones. La intención era acercar(me) a una temática yerma, sobre la que lentamente se va construyendo un discurso, pensando que quizás el mero acercamiento me despojaría de algún prejuicio. Pero el beneficio del pensamiento crítico es que posibilita elegir también la manera de acercarse, y estoy convencida de que el informe en cuestión no es la apropiada.

Sin embargo, después de reflexionar un poco, no está mal volver a verlo. Habiendo leído entre líneas es posible que, a pesar de lo tendencioso, nos revele algo más de información. Tiene que haber algo escrito sobre la relación de fetiche entre la transexualidad y las sirenas. 



martes, 5 de enero de 2016