jueves, 18 de febrero de 2016

Sobre la representación de la sexualidad en las redes sociales

La primera imagen que vi hoy en Facebook tenía a una mujer en ropa interior, con pose seductora y figura convencionalmente atractiva, debajo del siguiente texto: “La mujer es de quien la hace temblar de placer”.
Me pregunté quién querría ser mujer en estos términos. ¿Quién entregaría su libertad a cambio de placer? O, dicho de otro modo: ¿qué mujer querría entregarse al placer con la condición de aceptar la cosificación?
Pero en una segunda lectura comprendí que estaba, erróneamente, poniendo el foco en la mujer, cuando en realidad no es la única perjudicada: ¿Qué hombre sería capaz de entregarse al placer con un alguien que debe pensar como un algo? ¿No es casi como tener sexo con una muñeca inflable?
No está demás aclarar que, a mi criterio, el error de base sigue siendo esa insistencia naif en el binarismo de género y en establecer los límites de las representaciones de cada cual, antes que aproximarse a la persona que hay detrás de dichas representaciones. Está bien, no queremos desprendernos de las nociones de hombre-mujer, lo entiendo, es lo único que conocemos y ya forma parte de nuestra identidad. Entonces, al menos, comencemos a prevenir algunos daños ¡con las siguientes superventajas!
Buen sexo (hay que manejar palabras clave, es internet). El placer requiere entrega de parte de las personas involucradas, pero para que aquélla sea posible debemos ver al otro como un igual, respetarlo, reconocer su humanidad. Aquí es donde entra la idea de la muñeca inflable. Creo que más que machista, nuestra sociedad es cada vez más individualista; estamos negados a abrazar al otro, nuestra vida entera es una gran masturbación. ¿De qué manera podemos llegar a entregarnos con un objeto?, esto no sería posible nunca, no trascendería el mero fetiche.
Tanto el hombre como la mujer, siguiendo la lógica de la imagen que motivó esta reflexión, se ven atados a un juego de representaciones que enfría la carne, el vínculo real. La mujer no se entrega completamente porque sabe que para eso debería renunciar a su calidad de sujeto, reconocerse como muñeca inflable o, peor todavía, saber que ante los ojos de quien está con ella, no es la persona que asegura ser. No es.
¿Y el hombre? Tampoco es. En el mismo instante, él también debe poner una representación por encima de su subjetividad, debe autoconvencerse de que esa mujer es el objeto que él tiene que adquirir y utilizar todo su ingenio para ello. No puede entregarse. De lo contrario, estaría inscribiéndose simbólicamente en la definición de mujer, de lo femenino: sería un hombre “afeminado”, con lo terrible que suena esto en nuestro entorno.
El sexo es mediatizado constantemente por estas representaciones y las personas involucradas luchan a cada segundo por despojarse de ellas, para no caer en la frialdad que las guiará a la frigidez, a la impotencia y a todos los problemas sexuales “psicológicos” que ya conocemos.
Estoy convencida de que las imágenes compartidas en las redes sociales con la aparente intención de reforzar las representaciones ya arraigadas no son más que un juego perverso, autodestructivo, que en el plano simbólico nos cae simpático pero que en la práctica sexual se convierte en un enemigo.
Machismo es poca palabra para definir el estado de frigidez en el que nos obligamos a vivir.