miércoles, 29 de junio de 2016

El Puto Foucault o la importancia de salir salir

Una vez que “salimos del closet”, salimos para todos, incluso para nosotros mismos. No alcanza con que nuestros amigos menos conservadores lo sepan. “Salir salir” es asumirse por completo; es reconocer, de una vez por todas, que en un aspecto que aún es importante, como la orientación sexual o la identidad de género, no satisficimos el deseo de nuestros viejos (ni el nuestro) de cumplir con la normativa. Dijimos sabremos cumplir muchas veces, no debería extrañarnos que nos lo hubiésemos terminado creyendo.
Una vez afuera, empezamos a percibir un cambio en la manera en la que construimos nuestra identidad: ya no es desde el exterior y hacia adentro, ya no somos aquellos seres permeables y maleables. Algo del sí mismo empieza a participar en esa construcción. Aparecen los límites y desaparecen las crisis de pánico. Y el entorno lentamente pareciera irse modificando, si bien, lo cierto es que al principio se modifica exclusivamente ante nuestra presencia y, recién más tarde, echa unas raíces que ya no responden solo a esa circunstancia.
No quiero volverme críptica; para variar, estoy intentando hablar simple y claramente. Qué mejor, entonces, que usar ejemplos concretos, pese a quien le pese. En la ciudad de donde vengo, históricamente al nombre de los homosexuales, o de quienes se supone que lo son según diversas y curiosas fuentes, le precede el adjetivo “puto”: el Puto José, el Puto Raúl, y así, a menos que su apodo sea lo suficientemente sugerente, digamos, por ejemplo, “Chocolondo”. El caso es que el día que “demostré lo contrario”/dije que no era heterosexual presentando pruebas contundentes, los apodos y los adjetivos desaparecieron ante mí. Pero no gradualmente, sino de la noche a la mañana. Mis interlocutores, desde entonces, comenzaron a enfrentarse con frecuencia a la situación, muy incómoda, sin dudas, de tener que especificarme a qué José o a qué Raúl se referían sin colocar el término “puto” adelante, un verdadero desafío ya que poco más sabían de la vida de aquellas personas como para encontrar otros elementos descriptivos. “Ah, el Puto José”, remarcaba yo con deleite.
Este cambio abrupto sucedió a través de mí, y se fijó ANTE (así, todo con mayúsculas) mi presencia. Me arriesgaría a decir que, en la mayoría de los casos, apenas yo desaparecía, todo volvía a la normalidad. Tengo que reconocer que saber esto me hacía sentir un tanto marginal, como el enfermo de cáncer delante del cual se evitan ciertos temas siendo éste plenamente consciente de que está recibiendo un trato especial. Sin embargo, con el tiempo, algunas acciones y algunos comentarios pescados del entorno me fueron dando a entender que a lo políticamente correcto se había estado sumando una especie de consentimiento real, de reconocimiento. No el que yo quería, o el que yo consideraba apropiado, pero sí uno que denotaba un movimiento simbólico hacia el reconocimiento no solo de mí como sujeto aislado, sino de lo Humano de ese aspecto de mi vida.
Siento mucha satisfacción cuando escucho a mi familia y amigos consternados ante hechos que antes simplemente hubiesen dejado pasar, como que le nieguen a un homosexual la posibilidad de donar sangre, o que se difame a las nuevas trabajadoras trans con las que ahora algunos comparten oficina. El hecho mismo de que hoy eso les haga ruido evidencia un movimiento quizás más significativo de lo que podamos concebir. Aunque no desde la práctica, desde el discurso vengo planteándome estos asuntos desde hace más de una década, siendo que para muchas personas son verdaderas novedades que han aparecido tardíamente en sus vidas.
El concepto de “micropolítica”, planteado por Michel Foucault (el Puto Foucault) adquiere aquí un sentido práctico innegable.

Y sí, cada tanto ese optimismo se desmorona. A decir verdad, gran parte del tiempo. La cosa no ha cambiado tanto a gran escala. Vivo en una burbuja, lo tengo más que claro. Pero conservo por mi propio bien la idea de que si todo aquel que en su interior se reconoce dentro de alguna de las tantas formas de otredad que nos circundan (pienso específicamente en las referidas al género y la identidad sexual, pero se puede extrapolar a muchos otros casos) hiciera el ejercicio de “salir salir”, quizás el entorno de cada individualidad tomaría contacto con el contiguo y eventualmente repercutiría en la normativa general. Sí, tanto Gre Gre para decir que todavía no pierdo las esperanzas. Me obligo a verlo de ese modo, ya que otras perspectivas pueden ser peligrosas. Directamente no me las permito, porque de lo contrario dejaría de permitirme la vida. Salú (salí). 

Fotograma de Carol, de Todd Haynes, 2016
(recomiendo, de paso)