miércoles, 27 de julio de 2016

¿Por qué está solo el que piensa?

Voy a asumir, porque puedo, que todos conocemos la alegoría de la caverna de Platón. La del “hombre”, a partir de ahora lo llamaré “persona”, que un día, por alguna razón, se desprende de unas cadenas que le retienen en una zona de conciencia inferior a la que el ser humano puede acceder. Que sale a la luz, escapa de la caverna, se encuentra con ese nuevo conocimiento que es mucho más complejo, y que, ante la posibilidad de volver, se percata de que ya no será bienvenido, porque su mundo de origen no es capaz de concebir su nuevo estado intelectual. 


Estos días se me dio por pensar en esa persona que se enfrenta a un siguiente nivel de representaciones, a una nueva zona del conocimiento. Me pregunté por la sensibilidad de quien no puede jamás volver a formar parte del sólido que antes, si bien al margen de las Ideas, le contenía. Porque en el caso de desear volver, por solidaridad —o, según su etimología, por correspondencia con ese sólido—, de acuerdo con la alegoría ya no podría integrarse así como así: no solamente el grupo podría llegar a matarle por esa diferencia que no puede asimilar, sino que a su vez ya no es posible, para quien ha salido de la caverna, retornar al estado anterior. Es el primer duelo; no hay retorno; se fue para siempre del estado de no-pensamiento.

Como bien lo adaptó Matrix, si elegís la pastilla que te va a mostrar la realidad, la que te saca de la caverna, tenés que tener presente que no vas a volver.

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La masa no despierta; la ves ahí, tan aletargada… De verdad considerás que tiene que despertar por su cuenta. La mirás con cierto desprecio. Escribís una columna en algún medio de prensa o un artículo en un libro que sabés que sólo van a leer tus colegas, que vendrían a ser los otros dueños de los latifundios intelectuales que están encima de la caverna, y sos consciente de que por algún motivo eso que escribiste nunca va a entrar en la cabeza de quien se supone que es el verdadero blanco de tu discurso, “la gente que no piensa”. ¿Te suena?

¿Por qué me siento solo? ¿La soledad es necesariamente un efecto secundario de la intelectualización? ¿No hay alternativa? Si los intelectuales se hicieran esas preguntas, quizás otra sería la historia. Es probable que, con la suficiente introspección, se pueda llegar a reconocer que saberse parte de una élite tiene sus beneficios, e incluso que aquella masa encadenada es necesaria para verdaderamente gozar de ese nuevo estado de conciencia. Quizás prefiramos que sea así, ignorante, que se note el contraste. Del mismo modo que el capitalismo necesita a los pobres —es decir, del mismo modo que vos, persona que lee, necesitás que alguien trabaje en condiciones insalubres por el plato del día para que puedas ponerte ese jean, y otro día hablaré sobre cómo los nuevos comunistas disfrutan de los beneficios del capitalismo, último Samsung en mano y pantalones Levis, mientras no llega la revolución del proletariado—.

Es tan alto el nivel de masturbación intelectual en el que uno se sume cuando alcanza cierto grado de entendimiento general, que no le permite ver que gradualmente se va sumando a una élite, al tiempo que va perdiendo el contacto con la masa de la que formaba parte, la que supuestamente quiere ver despertar. Así, de pronto, ya está uno completamente “del otro lado” y no es capaz de percatarse de cuán egoísta es el móvil de su participación en ese grupo selecto. Puro narcisismo, que me perdonen Freud y toda la élite que le aplaude el pene, el simbólico.

El duelo que viene después lleva quizás toda la vida y requiere introspección, pero también creatividad. Consiste en intentar, por un lado, despertar del letargo al sólido original, a la familia y el entorno de origen, y, por otro, ir a buscar a los pedazos de egoístas que una vez que subieron no quieren bajar ni a saludar, e intentar seducirlos con esa alternativa. Buscar el mejor léxico para llegar a los que nunca han pensado en lo que uno quiere decir y así no terminar masturbando a los convencidos; tragarse el orgullo al momento de saberse subestimado ante la mirada de la élite. Esto no supone caer en el simplismo, lo que se espera sigue siendo "nivelar para arriba". Tampoco exige que abandonemos la teoría, sino que nos reservemos un tiempo para elaborar otros cómos.

Ese nomadismo, entonces, implica darse de lleno con una sensación de angustia y soledad. El tiempo pasa y la cuestión parece avanzar mucho más lentamente de lo que se esperaba. Sin embargo, no he visto mejor alternativa. A los intelectuales: si despertar a la masa es la premisa y no se trata de una gran pantalla para calmar la culpa de vivir en una nube, hay que cambiar la estrategia porque no se ha hallado el camino. Hasta ahora, están los que no lo pensaron, los que lo pensaron, y dos o tres sui generis resistiendo en el medio.

Matrix, película de las hermanas Wachowski, 1999