domingo, 28 de agosto de 2016

La des-subyugación de la mujercita - Parte 1

¿En quién puedo convertirme en un mundo donde los significados y los límites del sujeto están definidos para mí de antemano?

Judith Butler


Las preguntas de Butler en Deshacer el género (2006) introducen la reflexión sobre el caso de David/Brenda/David, una persona que nació con sexo biológico masculino, cuyo pene fue amputado durante los primeros meses de vida por una mala praxis quirúrgica y que a causa de la confusión que eso le provocó a los padres —que no tuvieron mejor idea que entregarle a la medicina la definición de su género— fue forzado a realizar un tratamiento quirúrgico, hormonal y cultural para convertirse en “mujer” —o aquello que no tiene pene—. Que a los 14 años descubrió que no se sentía mujer más allá de los esfuerzos de la ciencia, y reclamó para sí una re-masculinización de su cuerpo, viviendo como hombre hasta que se suicidó a los 38 años.

Esas preguntas —son muchas más, como también es más extensa la historia de David/Brenda/David— las vincula con la noción, planteada por Foucault, de “des-subyugación del sujeto en el juego de (…) la política de la verdad”. Se trata de problematizar la inteligibilidad de lo humano y, concretamente en este caso, del reconocimiento o no de lo humano conforme al género.

Lo cierto es que no se ha llegado a un acuerdo acerca de los límites entre lo “biológico” y lo “cultural”, y el debate pareciera estar bastante polarizado, demasiado a mi criterio. Entonces, tanto podemos encontrar una postura que diga que toda coincidencia de nuestro comportamiento con lo que culturalmente se asocia al sexo asignado de nacimiento —de forma simplista: “a las nenas les gusta ponerse un vestido rosado y a los nenes una camisa azul”— tiene un origen biológico, hormonal, neuronal, instintivo o todo lo que pueda ser asociado a lo innato, como podemos hallar lecturas que rechazan cualquier vínculo entre, llamémosle, el molde biológico y el moldeado cultural. Asimismo, cada vez con más frecuencia, podemos encontrarnos con discursos que incorporan ambas posturas, que tienden a intentar dilucidar qué clase de conexiones puede haber entre ambos factores.

No estoy en condiciones de defender una postura todavía, porque no he leído lo suficiente. Pero sí puedo decir que estoy cada vez más convencida de lo determinante que puede ser la construcción cultural, simbólica, del género, y de lo engañoso y perverso de asociar dócilmente nuestro(s) deseo(s) y nuestra personalidad a una predisposición biológica, como si no hubiese una normalización intencional detrás chupándonos el diminuto margen que tenemos para considerarnos seres libres.

Tengo bien presente esa idea lacaniana que plantea Zizek, según la cual “la parte más básica de nuestra identidad socio-simbólica es que en el fondo no sabés qué sos y que entonces terminás escapando hacia esa identidad simbólica”, duda que al final termina constituyendo esa des-subyugación del sujeto en la construcción del saber de la que hablaba Foucault.

Dicho esto a modo de brevísima aclaración, o de introducción a mucha honra tendenciosa para lo que viene, quiero compartir este poema que supe ver en las paredes de los cuartos de las niñas de mi generación, y que hoy supongo que hará ver fuegos artificiales o bombas molotov a quienes estamos pensando el género:

Mujercita (¡!)
(Anónimo)

Sé amable, pero no fácil.
Sé digna, pero no orgullosa.
Ríe, pero no a carcajadas.
Mira, pero con recato.
Sé tierna, pero no flexible.
Sé alegre, pero no frívola.
Conversa, pero con mesura.
Sé dulce, pero no empalagues.
Ama, pero con recato.
Escucha, pero no siempre creas.
Sé mujer, pero no muñeca.

Girl before a Mirror, Pablo Picasso, 1932