domingo, 27 de noviembre de 2016

Algunas consideraciones sobre la nada y lo humano en murga joven

Quisiera que la nota fuera comprendida tanto por quienes han transitado o transitan por la experiencia de murga joven como por personas que no estén familiarizadas con esta expresión artística. Pero la síntesis de lo que considero central para describir el contexto de estos discursos me resultó tremendamente aburrida. Por eso, esta vez, el contexto está al final. Sepan entender-scrollear.


¿Se puede escapar del significado?


Hay murgas que pretenden no significar; lo dicen abiertamente quienes participan en sus procesos creativos: “La idea es no decir nada”. Incluso hay espectadores, algunos bastante formados, que, cansados de ver tanto intento frustrado de significación, tanto ensayo mal resuelto de “decir algo”, aplauden esta premisa de no decir nada. Eso es, al menos, inocente. Pero antes de que me pregunten quién soy yo para sostener algo así, prefiero citar a Roland Barthes (“estúpido y sensual Barthes”, como dice un amigo) que ya en la década del setenta, en El grado cero de la escritura, decía a propósito:

“Entonces, no pasa nada. No obstante, es necesario decir esa nada. ¿Cómo decir: nada? Nos encontramos delante de una gran paradoja de escritura: nada solo puede decirse nada; nada es tal vez el único vocablo de la lengua que no admite ninguna perífrasis, ninguna metáfora, ningún sinónimo, ningún sustituto, pues decir nada por su solo puro y detonante (la palabra “nada”) es al instante llenar la nada, desmentirla: como Orfeo que pierde a Eurídice volviéndose hacia ella, nada pierde un poco de su sentido cada vez que se la enuncia (que se la de-nuncia). Por lo tanto es necesario hacer trampa.” (pág. 164). [1]

No solamente no hay discurso que no signifique, sino que no hay discurso que no contenga una ideología[2]. Con esto no quiero decir que no sea posible intentar una estructura “vacía”, sino que, cuando se dé el caso, el espectador completará ese hueco con su propia cosmovisión. Y eso es un peligro. Contamos un chiste porque da gracia, sin pretender adjudicarle ningún significado, y terminamos hiriendo directamente, e indirectamente consintiendo la violencia simbólica hacia el objeto de nuestra broma. Es un mero ejemplo, quizás de los más comunes, para ilustrar lo que intento decir[3]. Al final no podremos evitar, por así decirlo, que nos salga la ideología por la culata. De manera que (y esto ojalá sirviera como alerta) el espectáculo que creamos, aún cuando no queramos decir nada, o cuando no queramos ser “profundos”, va a contener tarde o temprano una visión del mundo, un punto de vista.

¿Cuál es el riesgo, entonces, de tomarse a la ligera el proceso de construcción de nuestro discurso? Primero, que con seguridad tendremos doble trabajo para lograr la coherencia interna del espectáculo, y además es probable que terminemos “no diciendo nada”. Podrán preguntarme ¿qué tal si esta es la idea?, a lo que responderé ¡¿leyeron los párrafos anteriores?! y añadiré: lo más probable es que surjan interpretaciones contradictorias con nuestros puntos de vista sobre los temas que abordemos en el espectáculo, aunque por gusto lo hagamos de forma superficial. Cuando no nos toque espectadores (como quien escribe[4]) que sobre-interpreten lo que directamente no había sido pensado para ser interpretado. Todo esto lo digo intentando no dirigirme hacia la zona de la responsabilidad ética de quien crea una obra artística, donde hallaríamos argumentos aún más radicales para esta premisa.

Aquí es donde puede surgir una nueva pregunta: ¿no es posible que a pesar de mi esfuerzo el discurso sea “malinterpretado”? Lo expreso entre comillas precisamente porque, en un enfoque de obra abierta[5], la idea de malinterpretar no tendría sentido, ya que la obra se completaría con las significaciones adjudicadas por el receptor (en una especie de lector-autor). Sin embargo, quienes estudiamos los textos sabemos que un discurso sin grandes fisuras, sin contradicciones, con una ideología configurada de antemano, tiene más posibilidades de transmitir la cosmovisión de su autor y es, asimismo, menor el riesgo de que a la pieza le quepa cualquier ideología. Valga también esta otra aclaración: no hablamos de discursos simples o discursos complejos, no me refiero a que la intención de quienes construyen espectáculos de murga joven debiera ser generar discursos que pudieran entenderse únicamente después de haber sido vistos un par de veces, ni habiendo leído muchos libros; ni a que no puedan hablar de banalidades o hacerlo con lenguaje llano, o buscar la risa fácil, y un eterno etcétera; todo esto no contradice la idea de generar un espectáculo consciente de su alcance y responsable de sus significaciones.

¿Define la murga joven una categoría para lo humano?


La pregunta puede resultar descabellada o muy rebuscada, pero es lo que está en juego verdaderamente. Advierto que no vi la manera de explicarlo sin ejemplos, por lo que a continuación describiré espectáculos que he visto. Sobre esto, antes quisiera aclarar que lo hago con el mayor respeto posible, entendiendo que no es “maldad” sino falta de elaboración conceptual y de contacto con determinadas realidades lo que motiva a una murga a entrar en ciertos terrenos. Por eso me tomo el trabajo de escribir sobre el asunto, buscando darle un poco de visibilidad.

Tardé mucho tiempo en detectar qué era lo que me angustiaba de algunos chistes que pululaban (y hasta ahora vemos) en Carnaval y Murga Joven. Siempre me costó darles explicación a determinados motivos de risa. Fue con algunas lecturas teóricas (y el ingrediente secreto) que pude empezar a comprender que aquello se vinculaba con una incapacidad generalizada de ver algunas cosas. Por ejemplo, de ver lo humano en “el puto” y “el travesti”[6], que son las figuras que más sobreviven en los chistes de carnaval, pero también de “el negro” y “la mujer” (sí, todavía, aunque estos últimos de forma ya mucho más sutil).

La filósofa Judith Butler ha reflexionado mucho sobre los límites de lo humano, partiendo desde el lugar de la propia vivencia de la negación de su humanidad, y creo que en ese sentido podría ser fructífero compartir un pasaje de uno de sus libros, porque resulta bastante ilustrativo de cómo sienten quienes están forzosamente colocados del otro lado de lo humano, o más allá de lo que las normas definen como lo humano:

Darse cuenta de que se es fundamentalmente ininteligible (que incluso las leyes de la cultura y del lenguaje te estimen como una imposibilidad) es darse cuenta de que todavía no se ha logrado el acceso a lo humano, sorprenderse a uno mismo hablando solo y siempre como si fuera humano, pero con la sensación de que no se es humano; darse cuenta de que el lenguaje de uno está vacío, que no te llega ningún reconocimiento porque las normas por las cuales se concede el reconocimiento no están a tu favor” (pág. 53).

Tanto en Murga Joven como en Carnaval, esto se da de forma sistemática. No, no es que pensemos conscientemente que los seres reales que están representados en las bromas no sean humanos. Pero sí que hay un punto en el que nos permitimos jugar con su inexistencia simbólica, con su habitar fuera de la norma, para poder bromear con ellos. Necesitamos que los sujetos reales que representamos con el objetivo de hacer reír desaparezcan por un rato, quedarnos solamente con su significado a-normal. De otro modo, no es gracioso. Y es allí donde aunque sea por un momento los estamos negando, invisibilizando. Sin pretender entreverar más el asunto, me conformaré con decir que esta invisibilización es un acto violento hacia seres que en el momento del chiste (y para que el chiste sea un chiste) tienen suspendida su condición de ser humano.

Uno de los espectáculos que vi este año en murga joven me permitió conectar esta idea con un ejemplo concreto. El mensaje que explícitamente daba hacia el final del espectáculo consistía, justamente, en una invitación a la re-ampliación de lo humano en el mismo sentido al que me referí antes. Proponía devolverles el carácter de humano específicamente a las personas pobres (desde un punto de vista económico o de clases). "Ya te acostumbraste al paisaje natural donde la pobreza y la miseria es lo habitual", nos decían. Me pareció muy atinado y coincido plenamente con esa lectura. Comparto que cada vez más se des-humanizan determinadas personas y creo firmemente que la finalidad última de esa práctiaca es quitarnos responsabilidad, culpa, y trabajo (porque si fueran derechos humanos, de humanos tan humanos, tendríamos que hacer algo al respecto). Pero es paradójico que justamente esa murga se haya permitido bromear antes, durante segundos que para mí fueron una eternidad, acerca de "los travestis", y de buscar la risa fundamentando el uso de ese término ante la prohibición del director de decir "pija", para terminar concluyendo que lo mejor del lugar de origen de la murga en realidad son "las dominicanas". Siento mucho verdaderamente si esto fue en el fondo un intento de denuncia, si bajo la aparente broma había un sarcasmo que buscaba hacernos ver nuestra pobreza de espíritu, porque en tal caso mi lectura fue incorrecta, y ahí volvería a los párrafos del riesgo de no ser preciso con lo que se dice, enfatizando el peligro de hacerlo cuando tocamos temas tan delicados. Pero según la interpretación que le di yo (nadie de los que estaba allí conmigo en el momento interpretó lo contrario) habrían caído, seguramente sin darse cuenta, en lo que pocos minutos después iban a denunciar. ¿”Travesti” es una categoría ajena a lo humano? Ese es el mensaje que me queda grabado a mí conscientemente, y al público en general inconscientemente. Y es el mensaje que el jurado aprobó al hacerlos pasar a la siguiente etapa del Encuentro.

Otro caso que me parece representativo, si bien implica moverse un poco de terreno, es el de la murga de hombres que un día decide incorporar una mujer (sí, estamos en los años 60). Esto que voy a expresar lo digo con independencia de mi gusto personal de sonoridad del coro (hablo de gusto y no de valoración, que son dos cuestiones distintas). ¿Por qué esa mujer tiene que vestirse de mujer cuando el resto no está vestido de hombre sino de murguista? Si la idea era incorporar una mujer específicamente, por alguna clase de autoimposición del cupo o por aplicar una medida afirmativa, quizás hubiese sido mejor vestir al resto de hombre. Porque lo que se lee es que la mujer puede llegar a integrar el coro pero nunca a ser murguista, y eso no sé en qué medida a alguien le puede parecer una medida afirmativa de algo que no sea el statu quo. Si, por el contrario, lo que movió en realidad a la murga a incorporar una mujer fue el hecho de haber hallado una actriz muy buena que sería ideal para el papel que necesitaban (no lo dudo porque he visto antes a esa actriz y creo que es realmente buena), podrían haber confiado en que iba a poder actuar de murguista, tanto como de mujer, porque eso hacen los buenos actores. Y acá ya pasamos quizás de la categoría de “lo humano” a la categoría de “lo murguista”, si puedo ser burda, pero que en el fondo genera una vivencia bastante similar.

Ejemplos abundan. Prejuicios que no pretenden ser derrumbados siguen haciéndonos reír a costa de la negación y de la violencia simbólica que eso conlleva. Estéticas que continúan representando nuestra incapacidad de reconocernos como iguales, aún en la zona de la diferencia de género (hombre-mujer), donde se supone que tanto hemos avanzado. Cómo nos vestimos, qué decimos y cuál es la voz (¿se convierten las voces de una murga mixta en la voz de un hombre cuando el coro canta “necesito una mujer que no tome pastillas” para tener un hijo?) son aspectos que, a mi criterio, se toman demasiado a la ligera. No estamos pensando lo suficiente en lo que decimos, ni en lo que connota la forma de lo que decimos, ni considerando lo que estamos diciendo incluso cuando nos proponemos no decir nada.

Por supuesto que hay grados y que no pongo todo en una misma bolsa como espectadora, porque de lo contrario no podría disfrutar ningún espectáculo, e incluso no podría hacer nada ante la posibilidad de caer en lo que estoy criticando[7]. Claro que veo la diferencia entre el cuplé de un mecánico que descubre que travistiéndose y dedicándose a la prostitución resuelve sus problemas económicos pasando a tener una vida mejor, y el chiste de un verso de duración que pone a las “lesbianas en general” como sospechosas de haber alterado unos chorizos (bajo el prejuicio trillado de que las lesbianas son terroristas del falo). El primer caso me genera impotencia, mientras que el segundo, al principio me causa gracia porque pienso que son conscientes de que es un prejuicio y luego termino explicándoles todo esto, por si acaso, no para que no hagan más el chiste sino para que transiten por el espectáculo (y, por qué no, por la vida misma) siendo un poco más desprejuiciados.
No quisiera que mi focalización en el género por ser donde he estado centrando mis últimas lecturas diera la pauta de que es solamente allí que sucede lo que intenté transmitir. Es cuestión de ponerse a ver. Hay una infinidad de ejemplos referidos a otros criterios que rigen la categorización de lo humano; sí, en los discursos de murga joven.

Ahora, el contexto


Uno de los aspectos más sustantivos del Encuentro de Murga Joven es el aporte a la protección del patrimonio cultural uruguayo. La murga (también la “marcha camión” y el “candombeado” de batería de murga y la murga-canción) es patrimonio cultural inmaterial de nuestro país[8]. No quiero sugerir con esto deba ser entendida como algo inmutable. El Encuentro de Murga Joven tiene la cualidad de valorar la convergencia de propuestas que van desde la recuperación de la murga en sus formas más clásicas a la ruptura desde un posicionamiento metadiscursivo, heterogeneidad que me resulta muy saludable y que, más allá de las diversas inclinaciones que podamos encontrar en el jurado de cada año, afortunadamente suele verse con buenos ojos[9]. De cualquier modo, la apropiación del género murga es evidente aún en los espectáculos que pueden entenderse como más “deconstructivos”: por lo general, mantienen el coro y la batería y dialogan con la secuencia presentación-introducción-salpicón-cuplé(s)-canción final-retirada-bajada, muchas veces desde la parodia o desde la sátira, exagerando, omitiendo o reordenando dicha secuencia.

Al mismo tiempo, el Encuentro es pluralista, o se supone que lo es, como el resto de la sociedad uruguaya (ja, ja). Lo cierto es que parece querer integrar a las mujeres (es en este Encuentro donde más se han incorporado lo que conocemos como “murgas mixtas”, “murgas de mujeres”, “murgas con mujeres” y todas las variaciones posibles de la admisión de las mujeres, valga la redundancia, en comparación con murgas de Carnaval, donde la mujer aparece en menor número); a las personas con discapacidad (si bien, lo más frecuente en este caso es la participación de murgas integradas en su mayoría por personas con discapacidad, extrapolable a las “murgas de mujeres”, que a veces incluyen hombres); a los y las afrodescendientes, inmigrantes, practicantes de todo tipo de religión, gays, lesbianas, y (si bien no sé si se ha dado el caso) transexuales e intersexuales; todo lo que muy a mi pesar todavía se entiende como “minoría” en relación a una “mayoría” que ya no tiene sentido describir (mayoría cualitativamente hablando, porque la cuestión es simbólica). La participación cada vez más inclusiva ha ido habilitando la transmutación gradual de los contenidos, siendo cada vez menos frecuente la búsqueda de la risa a través de la desestimación de alguna de dichas “minorías”, aunque, quizás, el gran imposible de algunas murgas sea la transgeneridad. No es que no se escuchen más los chistes de “minitas”, de “negros” y de “putos”, pero pensando desde la elaboración (o el tiempo que se toman para hacer entrar un personaje a escena o para bromear con el asunto) siguen estando completamente vigentes los chistes de “travestis”; es sin lugar a dudas donde en varias murgas el prejuicio se mantiene casi intacto.

Como tercer punto, existe una eterna discusión acerca de si el Encuentro es lo que su nombre indica o es en realidad un concurso. Estrictamente, el único requisito para poder participar es tener un mínimo de 13 integrantes. La murga que se anota tiene la posibilidad de que un monitor acompañe su proceso, de presentar parte de su espectáculo en un ensayo abierto con amplificación ante un par de referentes del género que podrán hacerle observaciones al espectáculo, así como de presentarse en diversas instancias que se generan por fuera de lo institucional pero que ya son parte de la esencia, como ensayos compartidos, festibailes (varias murgas cantan durante unos diez minutos cada una y luego se arma un baile, y esto se hace para financiar los espectáculos), o encuentros de referentes de murga joven organizados por la institución[10].

Para terminar con esta sesgadísima descripción del Encuentro, quisiera referirme a su alcance, quizás más que nada para dar una idea de la seriedad del asunto. Alrededor de 750 personas se inscriben en un total de murgas que ronda las 70 (algunas comparten integrantes) y llegan a participar en la instancia de muestra aproximadamente 50 espectáculos. La muestra, que se realiza en el escenario de un barrio montevideano alejado del centro (o en varios, según el año, pero siempre con la premisa de descentralizar) suele ser bastante concurrida. Tiene, además, la cobertura de una radio online y una radio FM, y los espectáculos suelen ser filmados y subidos a Youtube. De esa primera etapa, un jurado selecciona un total de veinte, que habrán de mostrar el espectáculo en una segunda instancia en el Teatro de Verano “Ramón Collazo”, donde también se realiza el concurso de Carnaval. El mismo jurado elige cinco murgas a las que reconoce con una “mención al espectáculo”, y determina incontables menciones a momentos o características que considere positivas de entre el total de murgas, incluyendo las que no pasan a la segunda instancia. Además, todas las murgas que hayan participado en el encuentro ajustándose a sus bases tienen la posibilidad de “hacer tablados”, es decir, actuar en los escenarios barriales en febrero, en general como teloneros de los espectáculos que participan en Carnaval, frente a un público que puede llegar a ser numeroso. Pero eso no es todo; están también los viajes al exterior que organizan algunos grupos, siendo Argentina y Cuba los dos destinos por excelencia, aunque no excluyentes. En suma, las murgas jóvenes se muestran ante un número considerable de espectadores, con discursos que no se someten para ello a ningún filtro[11].




[1] Creo que si existe un antecedente en murga de manejo consciente de esa nada es el de La gran siete, si bien estoy más que dispuesta a discutir sobre esto (ameritaría una nota aparte).
[2] Si usted quiere enredarse bien con el concepto de ideología, vea la película “The pervert’s guide to ideology”, Slavoj Žižek, 2012. Si después quiere desenredarse, véala dos o tres veces más.
[3] Quisiera dejar por aquí la reflexión de Aristóteles en Poética acerca de la comedia, porque creo que viene al caso, ya que indirectamente sugiere que ésta se sustenta en una suerte de jerarquización de lo humano: “La comedia es, tal como dijimos, imitación de personas de baja estofa, pero no de cualquier defecto, sino que lo cómico es una parte de lo feo” (pág. 45).
[4] En mi caso, la vivencia del Encuentro de Murga Joven es tan subjetiva que no puedo evitar significar tanto el contexto como las personas que intervienen en el proceso creativo.
[5] Noción que aparece en el libro homónimo de Umberto Eco para referirse (de forma sucinta) a la participación activa del lector en la construcción del sentido de la obra.
[6] No reconocer a determinadas personas como sujetos, como plantea el autor Wiliam Siqueira, las sitúa “en un intersticio entre cuerpos que parecen no tener importancia por sus disidencias respecto de la norma, y cuerpos que importan porque delimitan las fronteras de la normalidad” (pág. 36).
[7] Tampoco podría escuchar blues.
[8] IMPOrta que lo sepas.
[9] Las mismas bases del Encuentro lo sugieren.
[10] Hablo de “la institución” porque si bien entre 2009 y 2016 ha estado bajo la órbita de la Gerencia de Eventos de la Intendencia de Montevideo, es vox populi que a partir del próximo año retornará a la Movida Joven. Espero que sin perder los atributos tan valiosos que vengo mencionando.
[11] Incluso, por ejemplo, sucede todos los años que discursos con contenidos discriminatorios pasen a la instancia del Teatro de Verano y lleguen a obtener la mención al espectáculo. 

Fe de des-erratas: Después de publicar la nota, corregí el dato confuso acerca de la participación de la mujer en murga, ya que se daba a entender que había aparecido por primera vez en el Encuentro, cuando en realidad ya se había visto en murgas de Carnaval. Lo que quise decir es lo que dice ahora: que es donde más se promueve su participación, donde más se la integra. También añadí el dato de una segunda radio, FM, que transmite el Encuentro. Gracias por esas observaciones.


Bibliografía citada

Fernández, A. & Siqueira, W. (2013). La diferencia desquiciada. Géneros y diversidades sexuales. Buenos Aires: Biblos. 
Barthes, R. (2003). El grado cero de la escritura y nuevos ensayos críticos. Buenos Aires: Siglo Veintiuno.
Aristóteles. (2015). Poética. Madrid: Alianza Editorial.
Butler, J. (2015). Deshacer el género. Barcelona: Paidós.