martes, 16 de febrero de 2021

¿Qué carnaval?

¿Cuál es ese novio misógino que quiero que vuelva? Ese que no me deja participar en sus asados a menos que sea haciendo la ensalada, lavando los platos y fumándome sus chistes sobre lo que dice que me falta o me sobra. Ese cuya voz potente y soberbia hace callar otras que de formas sólo excepcionales parecen merecer una cuota de participación en el no-diálogo. Ese a quien los demás sí escuchan cuando reclama por mis derechos, aunque lo haga (igual que la publicidad) cuando ya está todo el pescado vendido, cuando el reclamo es otro imán en la heladera. Porque, además, si lo dice él, entonces vale, entonces se aplaude ese discurso que es más contemporáneo con De Beauvoir que con Despentes. 


¿Qué carnaval quiero que vuelva? ¿Ese? ¿Posta? 


¿Ahora que tengo la posibilidad de aprovechar esta pausa impuesta para redefinir mis innegociables, lo que necesito y lo que sería saludable abandonar de una vez, me voy a pasar, en cambio, todo este tiempo añorando aquella idealización? ¿Puedo siquiera percibir que el sistema carnaval es un monumento al patriarcado y que la murga predominante sigue siendo una oda al macho?


Por otra parte, ¿por qué no puedo dar un cierre a esta dinámica de subyugación y auto-subyugación a la autoridad patriarcal (por no decir, directamente, “matar simbólicamente al padre o al macho”)? ¿Aún siento que es eso todo lo que merezco? 


Elijo, porque una ya es adulta y debe hacerse cargo, sostener ese statu quo que me oprime, me margina y se ríe de mí en mi propia cara, porque al igual que un "buen garche", o mejor dicho un buen paquete de servicios, me conmueve ese "buen tablado", ese lugar en el que me asumo como algo secundario o accesorio con tal de no dejar de ser bien “despeinada” por un coro predominantemente cis-masculino y en un contexto que sigue siendo de su clara dominancia. 


¿Qué digo despeinada?: directamente poseída, en ese paréntesis o caja de cristal que he construido dentro mi enunciado feminismo porque bajo el manto de la academia todavía descansa mi falta de voluntad para deconstruir en la práctica. Circula por las redes esta interrogante: “¿Qué cuesta más: deconstruir el amor romántico o dejar las harinas?”. No sé si reírme o llorar.


Me asumo menos, tal como me enseñaron. El padre carnaval dispone para su divertimento murguero unas normas claras, un sistema de castas y roles diferenciados según lo que simbolice la sonoridad o la estética visual de cada cuerpo, y yo acato. Me prohíben un determinado lugar porque no doy con el physique du rol. Más aún, me asignan espacios de creación invisibles, sospechosamente empearentados con los roles domésticos. Y me golpean la mesa en un intercambio de palabras para que nunca me olvide quién manda. Aún así, lloro su temporal ausencia en vez de elegir, de imponer, barajar y dar de nuevo. 


¡Ah, no, pero esperen! Allí hay una privilegiada que pudo ocupar ese cupo especial para alguien como yo. Una de esas mujeres excepcionales, concepto que parece emergido del siglo XIX. Debe cantar muy bien o debe ser amiga o novia, o… Y si está ahí, ocupando ese espacio, voy a exigirle infalibilidad, perfección. Los demás pueden hacer cualquier cagada, sólo me importa que ella permanentemente valide su merecimiento del puesto. Igual con esa migaja me alcanza, porque al menos me siento representada. ¡Y vaya representación la que me ha tocado! Las mujeres excepcionales, igual que en el siglo XIX. 


Pero sería injusto dejar a un lado la premisa mayor: la paridad suena fea. La paridad suena 50% femenina y la murga-murga es macho por definición. Así se ha formado nuestro gusto (¡qué casualidad!). A lo sumo puede sonar 10% femenina, un 30%, reventando. ¿Qué me importa qué connota eso? ¿Qué va a tener que ver el hecho de que nos aferremos a un esquema tan patriarcal con los abusos que cada vez más salen a la luz? No tiene nada que ver una cosa con la otra. Nada que ver alimentar el ego del macho y reivindicar su supremacía con eso de que alguno que otro entienda que a su disposición también está mi cuerpo servil. Nada que ver, meros abusos de la semiótica. 


¿O quizás alguito que ver? 


¿Quizás tenga miedo a enfrentar al macho y cantarle mis innegociables? ¿Quizás el hecho de que añore el carnaval, la murga y los tablados así, con todo lo que han sido hasta ayer, significa que todo este tiempo he estado gozando en el padecimiento de mi invisibilidad y que soy incapaz de pensarme de otra manera por no haber podido desarrollar, con fuerza suficiente, la idea de que mi voz vale lo mismo?


Pero, entonces, al final, ¿quién hace la renuncia? ¿Quién deja de ir al tablado? ¿Quién deja de formar parte de espectáculos con tanta predominancia masculina, ya sea como parte del elenco o del equipo técnico o incluso (puedo soñar) como espectadorx?


¿Quién renuncia al privilegio de ser el habilitado por defecto o la habilitada por excepción? ¿Quién, teniendo la posibilidad de participar o creyéndose capaz de tenerla, elige igual no pertenecer? ¿Quién elige promover y revalorizar, resignificar, re-seducir, con otro estilo, con una equidad por defecto que, de una vez por todas, suene a equidad y no a dominación masculina? ¡¿Quién carajo hace la renuncia después de llenarse la boca de feminismos y autodenominarse aliades?!


Tenemos un año de changüí. Podemos volver a la relación tóxica que tanto sabemos señalar en vivencias ajenas, o hacernos cargo y redefinir los innegociables. Es nuestra responsabilidad, como personas adultas, aprovechar esta pausa para elegir o bien transformar o perpetuar la dinámica. Eso sí, de optar por lo segundo, reconozcamos al menos de que estaremos reivindicando un paquete que, ya es evidente, está bien podrido.


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