viernes, 21 de enero de 2022

Vómito de adicto en blog ajeno

Con el permiso de Mar Quër, vengo aquí a decir que, en paralelo a mi transición, también me he vuelto un estúpido. Un adicto. Pero a sustancias tristes o, más puntualmente, me he convertido en un adicto insustancial. 

Me pierdo en las pantallas peor que una polilla. Sobre todo porque parece que mi expectativa de vida es mucho mayor que la de estos bichos; ¿cuánto sentido puede tener dedicarle tanto más que un mes, reventando, a cabecear un foco de luz? 

Intento, de pura dispersión y sin suerte, encontrar consuelo en el hecho de que, desde que transicioné, ya no puedo compararme con la expectativa de vida del insecto más longevo; según Google: las termitas, que llegan tranquilas hasta los 50 si no se cruzan con un fumigador (por motivos similares, tendré que celebrar si supero los 35). 

Ya ven, soy adicto a googlear. Me pierdo en el Google peor que una polilla, porque lo hago, o me sucede, aún teniendo la supuesta capacidad de ser consciente de eso. Soy consciente hasta de mi pobreza de recursos literarios. Sé perfectamente qué redundancias han sido tan manoseadas que ni gracia tienen. Pero perdí la sensación de asco o vergüenza que antes me provocaba caer en estos lugares comunes. Tremendo frígido.

Ayer, después que me revolcó una ola de agua dulce, escuché otra vez a alguien referirse con optimismo a los pesimistas. No es algo que me pase muy seguido. Quizás por eso me haya vuelto un estúpido, por la falta de exposición. La industria farmacológica está más preocupada por mis trastornos de ansiedad y por los valores de vitamina D, así que tendré que procurarme mi propio remedio.

Hasta acá llegué. Necesito (pienso en un meme) abrir las redes, chequear mensajes, consumir la pantalla de forma automática, volver al modo androide. Igual que hace 10 minutos y en espacios de tiempo similares el resto del día y de forma progresiva desde, al menos, el año 2008, cuando me volví consumidor de Facebook. Por lo tanto, a partir de aquí escribiré afectado por la abstinencia. A, a, a. 

A veces lo necesito como si fuera el aire. Nunca generé este vínculo con otras drogas, o pude cortarlo a tiempo. La ventaja es que, excepto por la nicotina o el alcohol, según el caso, las drogas no suelen estar relacionadas con la actividad laboral, cosa que sí sucede con las pantallas. Tengo la excusa del laburo, que siempre es un motivo más sagrado que la propia vida, para mantenerme en el rollo.

No puedo parar. Quiero volver al consumo medido de hace 10 años. Es excesivo. Se me van las manos, desconecto la mente de esto que estoy escribiendo para recrear en mi cerebro la sensación de estar escroleando. Fundéu dice que aplica la hispanización de scrollear; a mí me suena raro, como si lo estuviese escribiendo así en joda. 

Una adicción te puede hacer sentir o verte como un choto. Capaz que no me estupidicé, que simplemente soy adicto. 

No. Adicto pero honesto. Soy un estúpido con todas las letras.

Recuerdo con mucha nostalgia la capacidad de concentrarme en una lectura de largo aliento. Miro hacia atrás y no puedo asimilar cómo llegué a ver tantas películas, a leer tantos libros, a escuchar tantos discos (sobre todo esto) sin mirar el celular, simplemente tirado en la cama con unos buenos parlantes envolviendo mi cerebro incontaminado. 

También, entre una coma y otra toqué un lateral del teléfono como para desbloquearlo pero logré contenerme, me pregunto si mi desconexión emocional con la política, la economía, la historia, la sociedad, el ambiente, serán secuelas de esta adicción de más de una década, tal como la despersonalización es una de las consecuencias de la pasta base, o si, en un sentido de algún modo inverso, la frustración o el vacío que vino cuando murieron las utopías me han llevado a este estado apático y, razonablemente, al opio de las pantallas y la frivolidad disfrazada de optimismo. 

Lo cierto es que es algo que vengo pensando hace tiempo y a lo que no he encontrado salida. Una salida que no implique el corte total, porque no pienso que las pantallas como soporte sean el mayor problema, por más mensaje que sea el medio. Hay una potencialidad que fue captada, capitalizada, por el sistema de producción de humanos androides, y que bien podría tomar otro rumbo. Lo dijeron muchas personas, pero ahora se me viene a la mente un discurso de Patti Smith (“It is the time of the people, because tecnology has really democratized self-expression (...) we are all still figurin it out, and what power we actually have, but the people still do have the power”), que escuché antes de volverme un estúpido. Puede ser que gracias a eso sienta ahora la necesidad de desintoxicarme y volver a aquél viejo pesimismo que me conectaba con el mundo de una forma más profunda o comprometida.

Como esto es una catarsis y por la hora ya estoy mezclando el estado de abstinencia con el onírico, me retiro de este espacio que no sé hasta dónde es propio. Mar Quër podía equivocarse pero al menos no se había rendido. Desde cierta perspectiva espacio-temporal, estoy siendo una persona sensata al mismo tiempo que reconozco mi idiotez. Qué consuelo de mierda. Ampliaremos. 

Un tipo soñando con que no es un estúpido, mientras lo es. Tomada de Freepik.